Opinión

Eugenio María de Hostos, Ciudadano Eminente de América (5)/ Miguel Collado

Muy justas son las palabras del historiador dominicano Emilio Rodríguez Demorizi al reconocer la deuda de gratitud de los dominicanos con Eugenio María de Hostos

Por Miguel Collado

LA CONMOVEDORA DESPEDIDA AL MAESTRO AL PARTIR HACIA CHILE EN 1888

Muy justas son las palabras del historiador dominicano Emilio Rodríguez Demorizi al reconocer la deuda de gratitud de los dominicanos con Eugenio María de Hostos por el valioso legado dejado por el inmortal puertorriqueño a la República Dominicana en materia educativa. Él dice:

«Su ciclópea labor como educador y reformador del sistema de enseñanza dominicana, merecen la reverencia, el respeto, el perfume de una perpetua gratitud. […] El movimiento feminista le debe la implementación en nuestro país de la educación científica de la mujer, que tiene en Salomé Ureña de Henríquez a uno de sus primeros y más brillantes logros».(1) Y a esta extraordinaria hostosiana el destino la escogió para, en un estremecedor discurso, despedir al Ciudadano Eminente de América.

El martes 18 de diciembre de 1888 llegaría a su término, contra su voluntad, la segunda estancia de Hostos en Santo Domingo. Fuertes eran las presiones políticas recibidas del régimen dictatorial encabezado por Ulises Heureaux (Lilís), por lo que se vio compelido a aceptar la oferta que le hiciera el gobierno chileno y hacia la patria de Pablo Neruda partió en el buque de vela holandés La Leonor.(2) Su hijo Adolfo de Hostos, en su obra Tras las huellas de Hostos, describe la despedida apoteósica y triste de la que fue objeto el Ciudadano Eminente de América:

«Los dominicanos acudían en tropel a la ría del Ozama para despedir a Eugenio María de Hostos. En verdad aquella no era una despedida corriente, es decir, un mero acto de cortesía inspirado por la sociabilidad esmeradamente cultivada por los latinoamericanos de aquel tiempo. Más que cortesía había consternación. Ellos querían expresar la gratitud y el dolor que sentían al ver apartarse de la patria al hombre que durante una década les había amado laborando por inculcarles, con inexplicable denuedo y devoción en un extranjero, fuertes y bellos ideales de vida intelectual, fuertes y bellos ideales de vida republicana».(3)

Pero la más conmovedora de las despedidas dadas al Señor Hostos antes de su anunciada partida hacia Chile es la de su más iluminada discípula, amiga entrañable y leal colaboradora: Salomé Ureña de Henríquez. Imborrables quedaron registradas en los anales de la historia de la educación dominicana aquellas palabras, atravesadas por el espíritu de gratitud más pura, pronunciadas por la eximia poetisa y ejemplar educadora hostosiana en aquel memorable acto de la segunda investidura de alumnas del Instituto de Señoritas, celebrado en la Escuela Normal de Santo Domingo el lunes 17 de diciembre de 1888 en presencia del Gran Maestro y del ilustre Federico Henríquez y Carvajal:

«Vengo a cumplir un deber sagrado, vengo a satisfacer en leve parte una deuda de inmensa gratitud. ¡Ah! Que por más que extreme el caudal inagotable del reconocimiento, esa deuda no se satisface por completo. Hablo, señores, de la deuda contraída con el Director de la Escuela Normal, con el implantador sincero y consciente del método racional de la enseñanza moderna en la sociedad dominicana [Eugenio María de Hostos]. Nuestra presencia en este lugar es la expresión de un voto de gracias y de un adiós».

Y la estremecida oradora, dirigiéndose directamente al sabio maestro que al día siguiente reemprendería su peregrinar tras su ideal, así concluye:

«¡Ah! Yo adoro esta patria donde nacieron mis padres, donde vine yo al mundo, donde he visto irradiar sobre mis hijos la luz de la existencia y tú llegaste a ella con los estímulos del bien,

y enamorado de su belleza y presintiendo altos destinos para su porvenir, quisiste lanzarla en la corriente civilizadora de las ideas. ¡Sé bendito! Yo no olvidaré el noble empeño con que te consagraste a dignificarla en su puesto de nación libre.

Te vas; pero germinará la simiente que dejas en el surco, y los frutos del porvenir se fecundarán con la savia de tus doctrinas pedagógicas. ¡Adiós! Cuando en las horas tranquilas que te esperan bajo otro cielo, acuda a tu memoria un pensamiento de amargura en el cual palpite el nombre de mi patria, piensa también que hay en ella corazones amigos que te recuerdan y almas agradecidas te bendicen».(4)

DESPUÉS DE SALOMÉ, IVELISSE PRATS-RAMÍREZ DE PÉREZ ES LA MÁS HOSTOSIANA

En estos días del mes de agosto, en que el recuerdo del fallecimiento de su modelo de vida ejemplar, el Sr. Hostos, se impone en la vida nacional ―en las escuelas y universidades, y en el Panteón de la Patria ante su tumba centenaria con flores y elegíacos discursos― resulta imposible no mencionar el nombre de la dominicana más hostosiana del siglo XX: Ivelisse Prats-Ramírez de Pérez. Con ella, con sus palabras, contenidas en su antológico artículo «El revolucionario Señor Hostos», dejamos concluida esta quinta entrega de la serie Eugenio María de Hostos, Ciudadano Eminente de América:

«Insisto en que solo él intentó en nuestro país hacer una revolución educativa. Las revoluciones, ya se sabe, no son reformas más o menos «light», más bien «proformas». Los cambios revolucionarios van a las raíces; sacuden estructuras y sistemas, constituyen paradigmas distintos, patean rutinas. Se hacen, como decía Martí, con sangre de las venas y del alma. […] Revolucionario, combatiente frontal contra los

dogmas, [Hostos] nos deja huellas convincentes que podemos rastrear para interpretar esas pistas y actuar como él hoy lo haría: buscando la verdad, o mejor dicho, las verdades. […] El revolucionario señor Hostos espera, todavía, que en nuestra agenda educativa figure como tema central retomar sus ideales».(37)

NOTAS

(1) Emilio Rodríguez Demorizi, compilador. Hostos en Santo Domingo. 2.a ed. Santo Domingo: Sociedad Dominicana de Bibliófilos, 2004. Tomo II. Pág. 60. (Colección Bibliófilos 2000).

(2) Su segunda estancia en Chile tiene lugar entre 1889 y 1898, motivada por la invitación que desde hacía algún tiempo le venía haciendo el gobierno chileno para que asumiera la responsabilidad de la reforma educativa chilena. Por eso partió de la República Dominicana en diciembre de 1888 con destino a ese país suramericano. A su llegada a Valparaiso (Chile) era el presidente de los chilenos José Manuel Balmaceda Fernández, quien permanecería en el poder hasta 1896. Bajo el mandato de dos nuevos presidentes continuaría Hostos su extraordinaria empresa educativa en Chile: Jorge Montt Álvarez, de 1891 a 1896; y Federico Errázuriz Echaurren, de 1896 a 1901.

(3) Adolfo de Hostos. «Muerte de Eugenio María de Hostos», en su: Tras las huellas de Hostos. Río Piedras, Puerto Rico: Editorial de la Universidad de Puerto Rico, 1966. Pág. 7.

(4) En: Emilio Rodríguez Demorizi, comp. Salomé Ureña y el Instituto de Señoritas: para la historia de la espiritualidad dominicana. Ciudad Trujillo: Academia Dominicana de la Historia, 1960. Págs. 218-220. (Publicaciones de la Academia Dominicana de la Historia; vol. IX).

(5) Publicado en el periódico Listín Diario (Santo Domingo), del 9 de marzo de 2015.

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