Opinión
Gobernar desde donde nació la nación/ Alfredo Vargas
Los dominicanos tenemos la tendencia, comprensible en un país tan centralizado, a mirar nuestra historia desde Santo Domingo y hacia Santo Domingo. Pero la nación que finalmente organizamos como República en 1844 llevaba siglos formándose en ciudades, villas, puertos, valles, montañas y regiones que aprendieron a producir, comerciar, defenderse y relacionarse mucho antes de que existiera el Estado nacional que hoy conocemos
Por Alfredo Vargas
Durante tres días, del 14 al 16 de septiembre, la residencia oficial del presidente de la República fue trasladada temporalmente de Santo Domingo a Santiago de los Caballeros. Los ministerios siguieron funcionando normalmente en sus sedes y los asuntos administrativos continuaron tramitándose por las vías ordinarias. Lo que cambió, por unos días, fue el lugar desde donde el presidente desarrolló su agenda de trabajo.
Podría verse como una simple curiosidad institucional.
Prefiero verlo como una ocasión para ejercitar la memoria.
Los dominicanos tenemos la tendencia, comprensible en un país tan centralizado, a mirar nuestra historia desde Santo Domingo y hacia Santo Domingo. Pero la nación que finalmente organizamos como República en 1844 llevaba siglos formándose en ciudades, villas, puertos, valles, montañas y regiones que aprendieron a producir, comerciar, defenderse y relacionarse mucho antes de que existiera el Estado nacional que hoy conocemos.
Esa es una de las utilidades de la memoria larga: recordarnos que el presente no comenzó ayer.
Santiago ofrece un ejemplo particularmente elocuente.
Cinco años después, la historia obligaría nuevamente a mirar hacia el interior.
Cuando hubo que restaurar la soberanía perdida con la Anexión a España, Santiago se convirtió en centro político y militar de la República Restauradora. Allí fue firmada, el 14 de septiembre de 1863, el Acta de Independencia del Gobierno Restaurador, que expuso las razones para restablecer la República y recuperar su libertad.
No fue, desde luego, una guerra exclusivamente santiaguera ni cibaeña. La Restauración se extendió por el territorio hasta convertirse nuevamente en una empresa nacional. Y, restablecida la soberanía, Santo Domingo recuperó plenamente la primacía que correspondía a la capital de una República reunificada.
Pero quedó una enseñanza.
La soberanía dominicana no se defendió solamente desde la capital. En momentos decisivos hubo que pelearla, organizarla y reconstruirla desde el interior.
Recordarlo no disminuye a Santo Domingo. Al contrario: ayuda a comprender mejor por qué pudo volver a ser capital de una nación cuya existencia había sido reafirmada desde muchas partes del territorio.
Siglo y medio después, la geografía vuelve a plantearnos preguntas, aunque esta vez no las hagan los ejércitos sino la infraestructura, la producción y la conectividad.
Durante buena parte del siglo XX, una región dominicana que quisiera relacionarse con el exterior dependía en gran medida de unos pocos puntos de entrada y salida. Esa realidad ha cambiado.
Los aeropuertos internacionales de Santiago, Puerto Plata, La Romana y Samaná complementan hoy a Punta Cana y Las Américas. Diferentes zonas del país disponen ya de accesos propios hacia mercados, visitantes y conexiones exteriores.
Algo semejante comienza a ocurrir por mar.
Manzanillo está siendo transformado en una pieza logística y energética de la Línea Noroeste. Cabo Rojo abre una nueva puerta turística en Pedernales. La Romana amplía su capacidad y Samaná incorpora nuevas instalaciones portuarias. Son proyectos que relacionan puertos, exportaciones, importaciones, turismo y la aspiración dominicana de consolidarse como centro logístico del Caribe y Centroamérica.
Me gusta pensar en esos puertos y aeropuertos como nuestras nuevas autopistas transcontinentales.
No tienen necesariamente asfalto ni atraviesan físicamente un continente, pero cumplen una función parecida: permiten salir desde una región dominicana y aparecer, pocas horas después, en otra parte del mundo; o colocar una producción regional en una cadena logística que termina a miles de kilómetros.
Eso modifica silenciosamente la relación entre territorio y desarrollo.





