Opinión

El abismo entre el país de las luces y el de las tinieblas/ Fabio Herrera Miniño

Por: Fabio Herrera Miniño
e-mail: [email protected]
El final del pasado año nos trajo una halagadora noticia acerca del crecimiento del país en el 2018 superando a los demás países del hemisferio al colocarlo en un robusto 7%. Fue una noticia muy halagadora frente a las angustias de una sociedad asediada por la delincuencia, los tapones en las vías públicas y la desesperación de los políticos en sus rebatiñas y alarmas al ver que la nueva ley de partidos les reducirá su cuota del asalto a fondos públicos.
Tal es el país de las luces que atrae inversiones y elogios de los organismos internacionales hacia un equipo que aún con limitaciones ha sabido hacer su trabajo pese al lastre de una corrupción inamovible junto a la impunidad que rodea y protege a los responsables de los actos delincuenciales.
Y ese mundo de las luces, atractivo y embrujador, se ve enfrentado al mundo de las tinieblas en donde una enorme masa humana, en una mezcla isleña de razas, apenas sobrevive a sus miserias. Gracias a la política clientelar del gobierno dominicano, que se lleva acabo en unas dimensiones nunca vistas, se mitigan los azotes de la miseria a esas gentes que permanecen atadas por los compromisos que se contraen con esas dádivas para fines proselitistas.
El sólido crecimiento se refleja en las inversiones que se llevan a cabo en especial en la construcción de hoteles y la certeza de los inversionistas de una segura recuperación de sus capitales garantizado ante un clima de estabilidad. Este se ve sacudido por protestas pueblerinas bien focalizadas en el Cibao Central pero en las zonas donde prevalece el negocio del turismo, que domina el mercado laboral, no se reportan protestas rabiosas de quienes buscan pescar en río revuelto si tuvieran a mano el material de los tontos útiles.
Se podría decir que el país está marcado por una curiosa asimetría en su desarrollo. Existe un sector potencializado por sus capacidades e inversiones que sostienen económicamente el empuje del país pero otros sectores se mantienen como un pesado lastre que impide un despegue total. Esto es fruto de la ignorancia y carencia de habilidades de un sector, que abandonado a orillas de los ríos y de los caminos, languidece y alimenta, con su peculiar tasa de natalidad, la delincuencia que por más que se diga que la misma se ha reducido en un 10%, las agresiones hablan de otra realidad que pinta un cuadro muy deprimente. Y esto lastra y frena todo lo bueno que ha hecho el gobierno por la labor de sus ideólogos y creadores de imagen. Pero el país no despega al acelere que ya desean esos expertos. Por lo que se gasta diariamente en propaganda, educación, salud, 911, metro, teleférico y buenas carreteras no hay una respuesta similar de la población a lo que quisieran las autoridades de ver al país encendido y dinámico en su desarrollo.
Hay un ingrediente formidable que retiene esos impulsos desarrollistas. Es que la sociedad se da cuenta y repudia la corrupción que domina el accionar de algunos políticos gubernamentales. Y es que los recursos se diluyen hacia el lucro personal abultando los contratos con sobre estimaciones del valor para saquear. Se disfrazan tales desmanes en donde la impunidad campea por sus fueros y deja muy poco margen para que se hagan las obras bien. Así vemos de como el acelerado programa de impacto intenso para reconstruir 56 hospitales fracasó, ya que de los ya terminados varios presentan numerosos vicios de construcción aparte de los costos extras incurridos en su terminación. Por igual está ocurriendo con el plan de construcciones escolares que bien intencionado ha tropezado con las limitaciones de la planificación, capacidad de la mano de obra, de recursos y lugares adecuados para tales obras sin terminar o no iniciadas.
Tiene mucho brillo ese índice de crecimiento del 7% y de los demás indicadores apareados al mismo. Habla muy bien de la capacidad de los responsables de sostener el desarrollo con el consiguiente crecimiento haciendo malabares con los números en una economía tan sensible y celosa. Ya ni siquiera sostener una tasa de cambio por encima del 50 por uno provoca pánico como en otros tiempos. Ahora se le considera normal y no es objeto de preocupación y de corredera a los bancos a comprar divisas. En otros tiempos ya hubiera dado lugar a serias convulsiones sociales y rectificaciones improvisadas para frenar las protestas. El país ha madurado y con sensatez observa el maniobrar de las autoridades monetarias que tienen bien ganada la confianza de los sectores de opinión por su entrega por hacer de la economía el sostén del desarrollo dominicano.
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