Opinión

Maruchi R. De Elmúdesi/ DEMOS GRACIAS AL SEÑOR PORQUE ES ETERNA SU MISERICORDIA

Maruchi R. De Elmúdesi
mtelmudesi@gmail.com
Hoy, segundo domingo de Pascua, celebramos la Fiesta de la Divina Misericordia. Hoy cantamos este maravilloso Salmo, donde se recalcan continuamente, las misericordias del Señor. “Empujaban y empujaban para derribarme, pero el Señor me ayudó; el Señor es mi fuerza y mi energía, él es mi salvaciónÖEste es el día en que actuó el Señor sea nuestra alegría y nuestro gozo”. Qué bien nos sentimos cuando contamos con el Señor en toda nuestra vida cotidiana. Él, que está vivo, ayer, hoy y siempre. Él, que es todo amor, Él, que es amor. Eso significa la misericordia, en el lenguaje cristiano. La misericordia es una virtud que nos impulsa a perdonar, dice el diccionario. Y es que no hay amor más grande que el que da la vida por sus amigos, por sus hermanos, por su familia. ¿Habrá hoy alguien así? ¿Estamos educando para que sea así? ¿Estamos educando para tener piedad, compasión por los demás, o volvemos a encontrarnos en el Antiguo Testamento donde el “ojo por ojo” es lo que cuenta?
¿Dónde se ha quedado Jesús el Resucitado? Tenemos que tener siempre presente lo que hoy nos dice San Pedro en su primera carta: “Bendito sea Dios, Padre de Nuestro Señor Jesucristo, que en su gran misericordia, por la resurrección de Jesucristo de entre los muertos, nos ha hecho nacer de nuevo para una esperanza viva, para una herencia incorruptible, pura, imperecedera, que les está reservada en el cielo. La fuerza les custodia en la fe para la salvación que aguarda a manifestarse en el momento final.” Esta carta nos ayuda a permanecer fieles aún en medio de las más duras circunstancias de la vida. Y es que si Cristo no hubiera resucitado, vana sería nuestra fe, como nos lo ha dicho San Pablo. Nosotros los cristianos, no predicamos un personaje histórico, nosotros creemos en una persona que “resucitó de entre los muertos” y está “sentado a la derecha del Padre”, como lo proclamamos cada domingo en el Credo. Que Jesús no tenga que reprocharnos nuestra falta de fe, como hoy le dice a Tomás en el Evangelio: “Trae tu dedo, aquí tienes mis manos; trae tu mano y métela en mi costado; y no sea incrédulo, sino creyente”Ö “¿Porque me has visto has creído? Dichosos los que crean sin haber visto”.  “Señor mío y Dios mío”, tuvo que exclamar Tomás ante este gran misterio. Que no tengamos nosotros que exclamar continuamente estas palabras. En este Evangelio, Jesús mismo les da el Espíritu Santo y les dice: “A los que les perdonen los pecados, les quedan perdonados; a quienes se los retengan, les quedan retenidos”. Es decir, que es el propio Jesús el que instituye el sacramento de la reconciliación. No es invento de la Iglesia como piensan algunos, que son los sacramentos. Es Jesús mismo el que los instituye. El gran poder del Cristo Resucitado nos permite adquirir la fuerza necesaria para poder cumplir nuestra misión evangelizadora en el mundo de hoy. Pero debemos pedir esa fe. Y no ser mezquinos cuando la tengamos. Debemos compartirlas con los demás.
En este domingo de la Misericordia, vamos a orar para parecernos un poco a Jesús Resucitado, y aprender a tener misericordia de los más necesitados de ella: los niños y jóvenes. Durante todo este mes de abril hemos estado promoviendo la prevención del abuso infantil. Ayudemos a nuestras familias a poder mejorar su relación con todos sus miembros. A ser misericordiosos con todos, especialmente con los más débiles; el Señor nos lo recompensará. ¡Aleluya!

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