Opinión
La Ironía del Homenaje Tardío: Flores para quien no puede olerlas / Eddy Ezequiel Suero Castillo
Esta falta de sensibilidad se ha trasladado con una crudeza alarmante al mundo digital, es lamentable presenciar cómo las redes sociales se llenan de mensajes dirigidos al fallecido, como si la tecnología tuviera la capacidad de cruzar el umbral del más allá.
Por Eddy Ezequiel Suero Castillo
Resulta profundamente penoso observar cómo nuestra sociedad ha normalizado el culto al vacío. Nos hemos acostumbrado a rendir honores, realizar desfiles y pasear cuerpos sin vida por los lugares que una vez fueron su hogar o su entorno laboral, olvidando que un cadáver no siente, no padece y, mucho menos, disfruta del reconocimiento. Esta práctica, que raya en lo absurdo, parece estar diseñada más para el alivio de conciencia de los vivos o para el espectáculo social de los asistentes, que para honrar la esencia de quien partió, si una persona fue merecedora de distinción por sus méritos, es un insulto al sentido común esperar a que sus ojos se cierren definitivamente para entonces proclamar sus virtudes ante un ataúd que no puede escuchar.
Esta falta de sensibilidad se ha trasladado con una crudeza alarmante al mundo digital, es lamentable presenciar cómo las redes sociales se llenan de mensajes dirigidos al fallecido, como si la tecnología tuviera la capacidad de cruzar el umbral del más allá. Redactamos párrafos cargados de afecto y promesas de eterna falta para una pantalla, cuando quizás en vida no fuimos capaces de enviar un mensaje de texto para preguntar cómo estaba esa persona. Lo más inquietante es la deshumanización del duelo: la macabra tendencia de marcar con un “me gusta” la noticia de un deceso, tratando la partida de un ser humano como un contenido más para compartir, postear y generar interacciones, casi como si la muerte fuera un motivo de celebración o un simple chiste de mal gusto para ganar seguidores.
Debemos reconocer que estas tradiciones son prácticas negativas que no aportan nada al que se ha ido. El honor que se rinde a un cadáver es un honor desperdiciado; la verdadera gratitud y el reconocimiento deben ser actos presenciales, táctiles y sonoros que emocionen al ser humano mientras su corazón aún late. En un mundo donde la hipocresía parece ser la norma, es urgente rescatar la autenticidad del afecto, no podemos permitir que la muerte sea el único requisito para que alguien reciba el valor que se ganó con esfuerzo, ni que las redes sociales conviertan la tragedia ajena en una métrica de popularidad vacía.
Este panorama mundial de homenajes póstumos y lutos digitales debe cambiar. Mi recomendación es simple pero transformadora: aprendamos a honrar en vida, si admira a alguien, hágaselo saber hoy; si desea reconocer la trayectoria de un colega, organice el acto mientras él pueda sentir esa satisfacción. Dejemos de escribir para los muertos y empecemos a hablar con los vivos, el cambio empieza por sustituir el “me gusta” en la esquela digital por un abrazo real en el presente, rompiendo con esta herencia de frialdad y espectáculo para dar paso a una cultura del reconocimiento humano, oportuno y verdadero.
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El autor es abogado



