Opinión

Ormuz y el espejismo de gobernar el mundo/ Julio Santana

El estrecho de Ormuz, por donde en tiempos normales circulaba alrededor de una quinta parte del petróleo y del gas natural comercializados en el planeta, es hoy el lugar donde dos Estados pretenden ejercer una autoridad que el derecho internacional no reconoce a ninguno

Por Julio Santana

La reanudación de los ataques estadounidenses contra Irán no es únicamente otro episodio de una confrontación prolongada. Coloca a la economía mundial ante la posibilidad de que una de sus arterias fundamentales deje de funcionar como vía de navegación y se convierta en frontera militar e instrumento de presión. El estrecho de Ormuz, por donde en tiempos normales circulaba alrededor de una quinta parte del petróleo y del gas natural comercializados en el planeta, es hoy el lugar donde dos Estados pretenden ejercer una autoridad que el derecho internacional no reconoce a ninguno.

El memorándum de Islamabad, suscrito a mediados de junio, debía detener la guerra, levantar el bloqueo estadounidense, restablecer el tránsito marítimo y abrir un período de sesenta días para negociar una solución permanente. Sin embargo, nació con una debilidad esencial. Suspendía la violencia sin resolver sus causas. Dejaba para después el programa nuclear iraní, el régimen futuro del estrecho, la cuestión libanesa y las sanciones. No fue propiamente un acuerdo de paz, sino una pausa redactada con ambigüedades suficientes para que cada parte pudiera acusar a la otra de haberla quebrantado.

Washington sostiene que Irán incumplió al hostigar embarcaciones y pretender controlar las rutas de navegación. Teherán responde que Estados Unidos, junto con Israel, violó el entendimiento al continuar operaciones militares y tolerar ataques israelíes en el Líbano. Ambos argumentos contienen elementos atendibles, pero ninguno borra la responsabilidad compartida de utilizar la fuerza como prolongación de la negociación. Cuando los acuerdos se interpretan mediante misiles, cada incidente se transforma en prueba de traición y cada represalia prepara la siguiente.

La economía mundial recibe el golpe antes de que los gobiernos terminen de explicar lo ocurrido. El tránsito de buques por Ormuz se redujo alrededor de 52 por ciento en pocos días y el crudo Brent volvió a superar los 87 dólares por barril. El primer efecto aparece en los combustibles, pero no se detiene allí. Aumentan los seguros marítimos, los fletes, el gas natural licuado, los fertilizantes, la electricidad, los alimentos y el costo de transportar casi cualquier mercancía. Las aerolíneas desvían rutas y las cadenas logísticas incorporan una prima de guerra que finalmente paga el consumidor.

El Fondo Monetario Internacional estima que un aumento persistente de 10 por ciento en el precio del petróleo puede añadir unos 0.4 puntos porcentuales a la inflación mundial y restar entre 0.1 y 0.2 puntos al crecimiento. En un escenario adverso de interrupción prolongada, el crecimiento global podría descender a 2.5 por ciento y la inflación elevarse a 5.4 por ciento. Volveríamos a la combinación más ingrata para la política económica, menos crecimiento, precios más altos y bancos centrales obligados a mantener condiciones financieras restrictivas.

La volatilidad de Donald Trump agrava el problema porque convierte la política exterior estadounidense en una secuencia de anuncios contradictorios. Hace pocas semanas, altos funcionarios de Washington defendían el tránsito libre y sin peajes por las vías marítimas internacionales. Ahora el presidente proclama a Estados Unidos guardián de Ormuz y pretende cobrar 20 por ciento sobre las cargas transportadas. Esta mudanza desafía las normas de navegación, reduce la confianza de los aliados y enseña a los adversarios que un compromiso estadounidense puede durar lo que tarde en aparecer el próximo mensaje presidencial.

La contradicción también se vuelve contra la economía estadounidense. La guerra ya había elevado el precio de la gasolina, mantenía una aprobación pública reducida y obligó al Gobierno a solicitar 67,150 millones de dólares adicionales para operaciones militares. La nueva escalada devuelve presión a la inflación cuando la Reserva Federal todavía intenta contenerla. Un presidente que promete proteger el poder adquisitivo termina encareciendo el combustible, el crédito y el gasto militar al mismo tiempo. La superioridad bélica no elimina esa aritmética.

¿Quién gana con el naufragio del memorándum? Nadie obtiene una victoria estratégica duradera. Irán pierde vidas, infraestructura y posibilidades de normalización económica. Estados Unidos erosiona su autoridad diplomática, asume nuevos costos y vuelve a hundirse en una guerra sin desenlace claro. Los Estados árabes quedan expuestos a represalias y el comercio mundial paga la factura.

Sin embargo, si hubiese que señalar al beneficiario político inmediato, Benjamín Netanyahu aparece en primer plano. El entendimiento entre Washington y Teherán limitaba la libertad de acción israelí, posponía la eliminación del programa nuclear iraní y abría una relación directa entre ambos países en la que Israel no controlaba el resultado. Su fracaso mantiene a Estados Unidos militarmente comprometido, debilita a Irán y devuelve a la agenda las condiciones más duras exigidas por el Gobierno israelí. También se benefician los sectores más radicales de Teherán, porque la agresión exterior fortalece el nacionalismo y reduce el espacio de los moderados. Los enemigos declarados terminan, paradójicamente, necesitándose.

El problema mayor no es solamente Trump. Es la persistencia de una idea imperial según la cual Estados Unidos puede decidir qué país comercia, qué barco navega, qué gobierno debe sobrevivir y cuánto debe pagar el mundo por una seguridad definida unilateralmente. Ese poder continúa siendo formidable, pero ya no actúa sobre el planeta de 1991. China, Rusia, India, Brasil y numerosas potencias intermedias no aceptan con la misma docilidad un orden administrado desde Washington. Cada bloqueo, sanción extraterritorial o guerra preventiva acelera la búsqueda de rutas, alianzas y sistemas de seguridad alternativos. Las objeciones expresadas por Brasil y Rusia son apenas dos manifestaciones visibles de una resistencia internacional más extensa.

El resultado puede no ser un mundo más justo, sino uno más fragmentado y peligroso. La erosión de la hegemonía estadounidense no conduce automáticamente a una convivencia multipolar equilibrada. Puede conducir a mares militarizados, bloques comerciales enfrentados, carreras armamentistas y potencias regionales dispuestas a probar hasta dónde pueden llegar. Cuando la ley pierde autoridad y la fuerza pretende sustituirla, las naciones pequeñas son las primeras en pagar y las últimas en ser consultadas.

Estados Unidos todavía conserva capacidad para convocar una salida diplomática. Pero tendría que abandonar la pretensión de negociar mientras bombardea, cobrar por la navegación que dice proteger y exigir a otros el respeto a reglas que modifica según su conveniencia. Irán, por su parte, tendría que renunciar a convertir Ormuz en rehén de sus disputas y aceptar mecanismos internacionales verificables para su programa nuclear y la seguridad marítima.

El mundo no necesita un nuevo guardián del estrecho. Necesita que nadie pueda apropiárselo. Porque cuando una potencia pretende controlarlo todo, termina descubriendo que ha multiplicado aquello que ya no puede controlar.

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Julio Santana es economista y analista de temas técnicos, geopolíticos y nacionales. Cuenta con una amplia trayectoria en el sector gubernamental dominicano y mantiene una voz crítica, independiente y poco complaciente en el análisis de asuntos nacionales e internacionales.

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