El MundoPortada

Con 13 años fue llevado a un campo de concentración nazi

Leon Weintraub aún recuerda vívidamente el día en que los nazis invadieron su ciudad natal, Lodz, en Polonia, el 9 de septiembre de 1939: "Allí venían, columnas aparentemente interminables de soldados jóvenes, altos y sanos, con uniformes verdes de la Wehrmacht. Pensar en el sonido de sus botas con suelas de clavos sobre el empedrado todavía me da escalofríos", cuenta a DW. "Irradiaban una fuerza enorme. Capaces de aplastar cualquier cosa que se les interpusiera en el camino".

A sus 13 años, no tenía ni idea de los horrores que le esperaban. Vivía en el barrio más pobre de la ciudad con sus cuatro hermanas y su madre, quien regentaba una pequeña lavandería. Su padre murió cuando él tenía un año y medio. La pequeña familia se mantenía unida. Leon era un niño avispado. «Leer libros y ver películas fue como una puerta a otro mundo para mí», dice. Gracias a una beca, pudo asistir a la escuela secundaria.

Encarcelado en el gueto

Pero no pudo continuar sus estudios. En febrero de 1940, él y su familia fueron reubicados a la fuerza en el gueto de Litzmannstadt, nombre con el que los alemanes habían rebautizado Lodz. Alrededor de 160.000 judíos fueron hacinados allí; cualquiera que intentara escapar era fusilado.

La gente era obligada a realizar trabajos forzados. Leon trabajaba en un taller eléctrico en el departamento de metalistería. El Consejo Judío le dijo que quienes eran útiles a los nazis tenían más posibilidades de sobrevivir. Los Consejos Judíos eran organizaciones obligatorias establecidas por los nacionalsocialistas en los territorios ocupados para administrar a la comunidad judía y actuar como intermediarios entre ésta y los ocupantes alemanes.

Sin embargo, muchos murieron en el gueto por enfermedades y hambre. «La palabra hambre ocupa un lugar muy especial en mi vocabulario, en mi mente, en mi ser», dice Weintraub. Hoy en día, la gente habla de hambre por la noche si se salta el almuerzo, pero «eso no es hambre, es apetito excesivo. Durante cinco años, siete meses y tres semanas, con una sola excepción, sufrí literalmente hambre. No podía dormirme por la dolorosa presión en el estómago y me despertaba con ella. Mi único pensamiento era cómo conseguir algo de comer para saciar mi estómago».

Deportación a Auschwitz-Birkenau

En el verano de 1944, el gueto fue liquidado. El presidente regional, Friedrich Übelhöhe, ya había enviado una circular a los líderes nazis en 1939, en la que escribía: «El establecimiento del gueto es, por supuesto, solo una medida temporal. Me reservo el derecho de decidir cuándo y por qué medios se limpiará de judíos el gueto y la ciudad de Lodz. En cualquier caso, el objetivo final debe ser erradicar por completo esta herida purulenta».

Sin embargo, a los habitantes del gueto se les prometió cínicamente que podrían seguir trabajando en otros lugares por «el bien del Tercer Reich».

Leon Weintraub muestra una foto en blanco y negro durante una entrevista en Suecia, en 2023.
La madre de Leon Weintraub murió asesinada en la cámara de gas el mismo día en que llegó al campo de concentración de Auschwitz. Tres de sus cuatro hermanas lograron sobrevivir el Holocausto.Imagen: Olle Sporrong/Expressen/TT/IMAGO

Leon Weintraub, como tantos otros, fue deportado al campo de exterminio de Auschwitz-Birkenau. Los nazis afirmaron que era solo otro gueto. «Entonces, llegó el tren de carga, destinado más para ganado que para personas», relata. «Estábamos hacinados, tan apretados que solo podíamos estar de pie. Las puertas estaban cerradas, no había comida ni bebida. Cayó la noche, llegó el día, y luego la noche». Era imposible escapar del hedor del cubo usado para defecar.

En algún momento, las puertas se abrieron de golpe y alguien gritó: «¡Fuera, fuera!». Weintraub recuerda que seguía sin entender a dónde los nazis los habían llevado. Alcanzó a gritarle a su madre: «¡Nos vemos allí adentro!». Pero enseguida se dio cuenta de que no se encontraban en otro gueto.

Vio que la valla de alambre estaba electrificada. En la llamada «selección» en la infame «rampa», el entonces joven de 18 años vio a su madre por última vez. Los hombres de la organización paramilitar SS decidían quién viviría, indicando con el pulgar a la derecha. Si el pulgar se inclinaba a la izquierda significaba no apto para trabajar: «muerte inminente», aclara Weintraub. Su madre murió en la cámara de gas ese mismo día.

Para Leon, de 18 años, el pulgar apuntó a la derecha. «Y entonces comenzó el proceso de deshumanización», recuerda. Desvestían, duchaban, afeitaban y desinfectaban a la gente. «Nos despojaron de toda voluntad humana. Nos controlaban y no teníamos más remedio que cumplir las órdenes».

Escape de la cámara de gas

Cuando Leon Weintraub piensa en Auschwitz, lo que más le viene a la mente es el olor a carne quemada. Pero no tenía idea de que esas altas chimeneas, ese humo denso y negro, fueran seres humanos quemados. Se sentía solo, apenas reconocía rostros de su pasado. «Pero me rodeé como un capullo, probablemente por instinto de supervivencia, para mantener a raya toda la negatividad. De lo contrario, no habría sobrevivido».

Sobrevivió el campo de exterminio por pura casualidad. La administración del campo ya había programado a los jóvenes reclusos del bloque 10, donde estuvo alojado, para la cámara de gas. Cuando no hubo guardias cerca, Weintraub se mezcló con un grupo de prisioneros desnudos que habían sido enviados a trabajar al campo de Gross-Rosen. Acababan de tatuarles sus números de prisioneros. «Cuando nos llevaron a los depósitos de ropa, por suerte no me registraron, si no, habría muerto».

La última imagen de Auschwitz que se lleva consigo es el cuerpo de una mujer colgado de la valla electrificada. Se suicidó.

Martirio y fuga

Las siguientes paradas del joven Leon fueron los campos de concentración de Gross-Rosen, Flossenbürg y Natzweiler-Struthof. Las imágenes de las sádicas atrocidades de los nazis quedaron grabadas en su memoria: palizas arbitrarias y brutales infligidas a los prisioneros que pasaban, humillaciones, el ahorcamiento de prisioneros. «Cada vez que llego a Flossenbürg, me tiemblan las piernas», cuenta a DW. «Me quedo paralizado unos segundos porque me veo de nuevo en invierno, con ese viento frío. Toda la gente moviéndose por la plaza central, donde se pasaba lista. Es una imagen apocalíptica».

Leon Weintraub participa en la ceremonia del 78 aniversario de la liberación del campo de concentración de Flossenbürg.
«Cada vez que llego a Flossenbürg, me tiemblan las piernas», cuenta Weintraub a DW. En la foto, habla con motivo del 78 aniversario de la liberación de este campo de concentración, en 2023.Imagen: Daniel Karmann/dpa/picture alliance

Poco antes del final de la guerra, Leon Weintraub y otros prisioneros fueron subidos a un tren destinado a hundirse en el lago Constanza. Sin embargo, la locomotora fue derribada por un cazabombardero francés, el tren se detuvo y Leon escapó.

Finalmente, se encontró cara a cara con un soldado francés y supo que su calvario había terminado. Para entonces, el joven de 19 años pesaba solo 35 kilogramos y padecía tifus. Estaba vivo, pero lloraba la pérdida de su familia, hasta que se enteró por casualidad de que tres de sus hermanas habían sobrevivido el campo de concentración de Bergen-Belsen. «Y entonces me convertí nuevamente en humano. El comienzo de mi viaje de regreso a la vida», dice.

Para vivir y recordar

Leon Weintraub decidió convertirse en ginecólogo y obstetra: «Sobre todo, porque estuve en contacto tan estrecho con la enfermedad y la muerte. Quería ayudar a dar nueva vida». En 1946, el Gobierno militar británico le aseguró una plaza para estudiar en Gotinga, precisamente en Alemania, la tierra de los perpetradores. Como médico, sabe que «la ideología racial nacionalsocialista carece de base científica. El tejido es igual en todos, independientemente del color de la piel».

Leon Weintraub sentado en su sala en su departamento en Suecia.
Al percibir un creciente antisemitismo en su natal Polonia, Weintraub se mudó a Suecia.Imagen: Olle Sporrong/Expressen/TT/IMAGO

En 1950, regresó a su país natal. En 1969, emigró a Suecia debido al creciente antisemitismo en Polonia. Y comenzó a luchar contra el olvido. Para él, esto era una obligación hacia sus familiares asesinados y los millones de víctimas inocentes. Dejar que su memoria se desvanezca, advierte Weintraub, equivale a robarles la vida por segunda vez.

Por eso ya se ha inmortalizado como holograma. «Apenas ha pasado una vida humana, y muchos jóvenes ya no saben qué es el Holocausto«, dice. «Y es terrible que hoy haya gente que vuelva a incitar a los pogromos, y que la gente tenga miedo de salir a la calle con kipá«.

Pero Leon Weintraub también es optimista: «Estoy convencido de que, con el tiempo, el sentido común prevalecerá y la humanidad comprenderá que es hora de poner fin a las acusaciones y las peleas mutuas y construir juntos un futuro pacífico».

La entrevista fue realizada por Matthias Hummelsiep.

Artículos relacionados

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Close

Adblock Detectado

Por favor, considere apoyarnos mediante la desactivación de su bloqueador de anuncios.