Opinión

Una oración en navidad / Idalia Guerrero

De vuelta a la realidad, solo veo calles desiertas y apesadumbradas por los años. El pasado no volverá, ya nada es lo mismo

Por Idalia Guerrero

Aquella noche fría recorría las calles solariegas de una ciudad que respiraba mucho bullicio y fingía tener el color de la prosperidad. Me detuve y tomé asiento en uno de los bancos de un antiguo parque, y mientras encendía un cigarrillo, muchas imágenes brotaron en mi mente como gotas de lluvia.

En el cuadro de mis recuerdos ví una pareja que, sentada y agarrada de manos, destilaba por sus ojos un verdadero romanticismo. Se van formando más recuerdos en aquel lienzo y emerge aquella iglesia que da al parque, y cuyo frente en esa época del año muchos vendedores ambulantes llegaron a utilizar para ofertar hermosos juguetes para el Día de Reyes. Traigo a mi memoria la figura de una niña que miraba con ojos de ilusión una hermosa muñeca. Su madre, cabizbaja y triste, sabe que no la puede comprar.

Happy young couple in love sitting on a park bench

Todas las imágenes de un pasado tan lejano se llenan de las luces de colores, del olor de las manzanas y las peras, esperadas durante todo un año para comerlas, y quizás solo una o dos podía estar en la cena de Nochebuena de alguna modesta familia. El pobre, solo le costaba soñar con ellas como si fueran estrellas inalcanzables.

De vuelta a la realidad, solo veo calles desiertas y apesadumbradas por los años. El pasado no volverá, ya nada es lo mismo. Me pongo a tatarear uno de lo villancicos de la iglesia y repito una de mis estrofas favoritas de aquel “beben y vuelven a beber los peces en el rio por ver al Dios nacer”. La canto una y mil veces más por su hermosura y porque transmite la magia de la Navidad.

Las luces de la iglesia se apagan y sus puertas se cierran. Sin embargo, aquellas ondas melódicas de ese villancico siguen en el aire, cantadas por alguien de voz angelical y susurrante. Me levanto del banco y comienzo a buscar. La voz melodiosa llega desde donde estaba sentada, miro hacia abajo y allí está aquel niño con una caja de limpiabotas y acostado en un cartón que le protege del frío suelo. Sus ojos color avellana me miran en una franca bienvenida de amistad. Su sonrisa me conmueve hasta lo último, porque sonreír cuando la adversidad nos gana es una lucha que solo la pueden hacer los que tienen fe y amor en la humanidad. 

Le hago una señal de si quiere comer algo de lo que llevo en una bolsa. Le ofrezco una manzana y la mira con ojos asombrados. Me dice que nunca había comido una y que solo escuchaba decir que son deliciosas. Mientras platicamos llega el guardián del parque y me pregunta muy sorprendido cómo pude entrar si las puertas estaban cerradas. Le explico que las encontré abiertas de par en par, y que hace media hora que estoy allí. Le pregunto si el niño acostumbra a dormir en el parque, contestándome que lo encontró dormido debajo del banco y que tampoco tiene una explicación de cómo pudo haber entrado estando ya a esas horas todo cerrado.

Miro nueva vez al niño y me sonríe. Comienzo a dar los primeros pasos para irme cuando veo una pequeña figura que decide acompañarme. Nuestra caminata fue silenciosa, pero me preocupaba mucho hacia dónde iría aquel chiquillo, y si sus padres esperaban por él.

Mientras pensaba y cavilaba en los millones de niños que viven en igual situación, escuché las notas de un villancico que salían de otra iglesia, mucho más regia y ornamentada que la anterior. Entré y me senté. Mi acompañante me siguió y ya a mi lado comenzó a orar y darle las gracias a Dios por el alimento proveído esa noche por una completa desconocida.

Sus palabras estaban impregnadas de gratitud y de alabanzas hacia el Creador. Acto seguido, se paró y comencé a seguirlo. Entró a un pequeño cuarto donde se encontraba un cuadro de la Virgen María, San José, la oveja, la vaca y el buey, simbolizando el nacimiento de Jesús. Sin embargo, el pesebre se encuentra vacío, no tiene al niño nacido en Belén.

Comienza de nuevo a orar y escucho las siguientes palabras: “Amada madre, he salido esta noche como un niño de la calle, hambriento y con frío, porque es necesario recordarle a la humanidad que nací en un pesebre lleno de estiércol de animales y sin nada que me abrigara más que el amor de mi Padre Dios, el de José y el tuyo. En cada niño de la calle, allí estoy yo, y el mundo no debe olvidarlo”.

Al terminar esas palabras entró por una puerta y desapareció. Todavía no creía lo que había escuchado. Miré de nuevo el cuadro de la Virgen María y lo toqué con mis manos. Bajé mis ojos hacia el pesebre y allí encontré la figura del Niño Jesús, la que juraría que momentos antes no estaba.

Sin querer entrar más en contradicciones con mis creencias, salí apurada de la iglesia. De mi chaqueta saqué el último cigarrillo que me quedaba, y comencé a fumarlo.

Seguí calle abajo y me perdí en las penumbras de la noche, ya solo me distinguía el humo del cigarrillo que me acompañaba.

La autora es abogada Penalista. Directora del Proyecto Forense Justicia Investigativa IG71

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