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El régimen sirio admite por primera vez la muerte de cientos de jóvenes bajo su custodia
Damasco comienza a emitir certificados de defunción, aunque evita señalar el motivo o lugar
El pasado mes de mayo y sin previo aviso, el régimen sirio comenzó a inscribir en el registro civil central los partes de defunción de jóvenes desaparecidos en el agujero en el que se ha convertido el inextricable sistema carcelario contra el que luchan en vano sus familias. Para algunos expertos se trata de un reconocimiento implícito por parte del Gobierno de Bachar el Asad de la desaparición de miles de jóvenes tras la revolución. ONG como Amnistía Internacional y Human Rights Watch responsabilizan a Damasco de 13.000 muertos bajo su custodia. Y todo esto, en una coyuntura en la que sus tropas prometen ganar la guerra y recuperar el control del país.
En cuanto a Charbahi, es de la idea de que “van a matar a todos los presos porque el régimen no quiere incómodos testigos que empañen su victoria”. Para otros, la repentina emisión de certificados está relacionada con las demandas de la oposición en las negociaciones de Ginebra y Astaná y orientadas a aliviar a las mujeres e hijos de los desparecidos en Siria. Para éstos, emprender todo proceso burocrático, como un registro de propiedad o cobrar una herencia, topa con un callejón sin salida en tanto no dispongan de un documento oficial que ateste la muerte de sus congéneres. Una hoja con una fecha es todo lo que han obtenido. Ni rastro de sus cuerpos o fotos que corroboren su muerte.
Sin cuerpos que enterrar
Para los Jolani, la prueba definitiva llegó en 2014 de mano del informe César; nombre del fotógrafo militar que logró huir de Siria con 55.000 imágenes de 11.000 presos supuestamente ejecutados en cárceles gubernamentales. Este informe supone la prueba más sólida en el caso abierto por allegados para juzgar a los verdugos en Siria. Amina Jolani es una de ellas. Ha perdido a tres de sus cuatro hermanos en las cárceles sirias. Mohamed, de 35 años, Abdulsatar, de 30, Bilal, de 25 y Mayed, de 20, les fueron sucesivamente arrebatados y encarcelados.
Estos testimonios coinciden con los de Omar Shogre, uno de los supervivientes del infierno en vida que contra todo pronóstico superó para poder contar los tres años y medio que pasó en 11 centros de detención diferentes. “Allí la muerte es lo mejor que te puede pasar”, resume en una entrevista telefónica desde Estocolmo. Durante un periodo, el joven fue el encargado de acarrear los cuerpos de aquellos presos que sucumbían a la tortura, enfermedades y hambruna en el cuartel 215 para después depositarlos en furgonetas. “Cada mañana sacábamos entre 30 y 40 cuerpos”, rememora. “Teníamos que escribir un número con un rotulador en sus frentes que quedaba asociado a otro en una lista que tenían los carceleros con los nombres”, apostilla.
La solidaridad entre quienes han compartido el infierno en la tierra es inagotable. El Shogre memorizó 120 nombres y direcciones de compañeros de celdas durante sus tres años y medio de encarcelamiento. Algunos de ellos extranjeros. Lo primero que hizo en libertad, con 35 kilos de peso y una tuberculosis aguda, fue localizar a sus familias. “Han pasado tres años y todavía sigo recibiendo en Facebook mensajes de desesperados familiares que me mandan fotos con la esperanza de que pueda ubicar a sus allegados en alguna de las cárceles en las que estuve”, lamenta Al Shogre.
DIEZ FAMILIAS DE DESPARECIDOS SE UNEN PARA EXIGIR JUSTICIA Y LIBERTAD
N.S., BEIRUT
Al grito de justicia, 10 mujeres se han unido en la organización Familias por la Libertad y exigen tribunales que juzguen a los verdugos y la inmediata liberación de los presos que siguen con vida. La estampa de estas ojerosas pero determinadas mujeres cargadas con las fotos de sus hijos o maridos cuidadosamente enmarcadas es la misma que durante décadas protagoniza las familias de los más de 600 desaparecidos libaneses. Se esfumaron en las celadas de los servicios de inteligencia sirios en las décadas de los 80 y 90, cuando patrullaban medio Líbano, y fueron posteriormente traslados a las cárceles en Siria.
La abogada y activista Nura Ghazi es una de las cofundadoras. “El artículo 39 de la legislación civil estipula que la causa de defunción no ha de aparecer en el registro civil cuando se trate de una sentencia a muerte”, explica al teléfono y en Beirut esta letrada cuyo marido y renombrado defensor de los derechos humanos, Basel Khatib Safadi, fue condenado a muerte el año pasado.
La Red Siria para los Derechos Humanos cifra en “82.000 los desparecidos por la fuerza en las mazmorras del régimen de Bachar el Asad”. Por su parte, el director del registro civil central, Ahmed Rahal, ha cifrado esta semana en 68.000 los decesos registrados el año pasado, sin precisar las causas. En 2018 se elevan a 32.000, según sus declaraciones al diario progubernamental Al Watan.
“¿Qué justicia?”, exclama a teléfono y desde EE UU Eiad Charbahi, quien hace inventario familiar: “De los siete hermanos que vivíamos en el mismo edificio en Daraya, dos han muerto en las cárceles y cinco hemos huido a Turquía, a Alemania, Arabia Saudí, Holanda y yo a EEUU. Un primo sigue desaparecido y otros dos también muerto en prisión”.
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