Arte, Ciencia y Literatura

Reconstruyen rostro de gran conquistador Alejandro Magno

Físicamente, Alejandro era bien parecido, de baja estatura, pero proporcionado

Físicamente, Alejandro era bien parecido, de baja estatura, pero proporcionado. El ejercicio militar constante y la afición a la caza, las carreras pedestres y los juegos de pelota lo habían dotado de una musculatura atlética. Tenía el rostro curtido y, debido a las innumerables batallas, la piel cubierta de cicatrices. De pelo espeso y ondulado, se peinaba con raya al medio y la cabellera echada hacia atrás. Su corte escalonado desentonaba con el estilo griego en boga –el pelo corto y rizado–.
También solía ir afeitado, en contraste con la tendencia macedonia a lucir barba. La nariz, ligeramente torcida a la izquierda, era grande, recta y de base ancha. Los ojos, de color gris, con un brillo especial. La boca, de labios carnosos, ocultaba una dentadura casi perfecta. Salvo algunas fiebres que le aquejaban de vez en cuando, go­zaba realmente de una salud de hierro. La fortaleza de su complexión queda demostrada en su hiperac­tividad constante.
En combate luchaba siempre en primera línea. Se entrenaba durante las marchas saltando arriba y abajo de un carro en movimiento. Y además, por supuesto, planeaba las expediciones y comandaba las tropas, gobernaba reinos y recibía embajadas, administraba justicia y oficiaba ceremonias religiosas. Sin contar con que, como era noctámbulo, todavía tenía dinamismo para disfrutar de festines, presidir representaciones escénicas, conversar con los amigos, intimar con los amantes o leer hasta caer rendido.
El carácter de Alejandro era magnánimo. Respetaba la integridad de los derrotados y retribuía los servicios de sus soldados con generosidad.
Alejandro Magno, El gran conquistador
La huella en la historia de este general macedonio es absolutamente indeleble, tanto por sus hazañas como por su marcada personalidad. Durante su breve vida se convirtió en una temida leyenda con todos los ingredientes para acabar siendo un mito. Y sus palabras acrecentaban precisamente este poderoso halo que movía ejércitos enteros para saciar su inagotable ambición: “No hay una parte de mi cuerpo que no tenga una cicatriz y todas son por vosotros, por vuestra gloria y prosperidad” llegó a afirmar en una ocasión.

Y, evidentemente, sus gestas estuvieron a la altura de los militares más audaces de la historia de la humanidad. En solo once años venció a la primera potencia de la época, el Imperio persa, y conquistó un inmenso territorio que se extendía desde su Grecia natal hasta las puertas del subcontinente indio. Difundió la cultura griega, que, fusionada con las culturas de las regiones sometidas, impregnó el lenguaje, la política, el arte, la literatura y la religión. A fin de cuentas cambió el mundo de su época.

Por si fuera poco, tras apoderarse de todas las tierras del Imperio persa, Alejandro Magno quiso ampliar las fronteras del dominio macedonio conquistando las ignotas tierras de la alejada India.

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