Opinión

CARNADAS DE GUERRA / Américo Valenzuela

Los muchachos en pantaloncitos cortos y descalzos corríamos detrás de las ruedas observando brotar no solo tierra negra de capa vegetal y huellas profundas de ruedas sino también lombrices, saltamontes, y grillos

Por Américo Valenzuela G

Esa tarde Pedro Ogando clavó la cuchilla del Caterpillar desde la calle 19 de Marzo hasta la Otilio Méndez.

La algarabía y el escándalo de la manada de muchachos acompañados de varios perros caseros no tardó en hacerse presente.

El corte y empuje de tierra era apurado desde el pedal del acelerador por el Operador de la maquinaria, el motor del antiguo equipo emanaba abundante humo negro por el mofle.

Zanjeó una línea casi perfecta con una longitud aproximada a los 600 metros, deteniendo el equipo justamente en la margen derecha del Rio Tenguerengue.

Dio reversa hasta el mismo punto desde el cual había iniciado su trabajo, y se colocó unos 6 metros paralelo a la primera excavación, y arrancó de nuevo hacia abajo zanjeando la segunda canaleta de ese tramo de la calle Estrelleta.

Los muchachos en pantaloncitos cortos y descalzos corríamos detrás de las ruedas observando brotar no solo tierra negra de capa vegetal y huellas profundas de ruedas sino también lombrices, saltamontes, y grillos.

Ni el esposo ni mi hermana María residían en San Juan sino en Elías Piña, pero él laboraba en la construcción de la Carretera a Las Matas, y durante varias jornadas prefería pernoctar en San Juan, y se iba a mi casa ubicada en un trillo de la Estrelleta, y recuerdo perfectamente que, desde varios viajes anteriores, ante mi familia, él había prometido meter el greda en ese tramo de calle sin construir.

Hincó una y otra vez la cuchilla sobre el área delimitada por ambas zanjas laterales hasta extraer todo el espesor de la capa vegetal. Y oscureció.

Varios días después regresó Pedro con su equipo, y en el atardecer delimitó los primeros tramos, en ese Sector, de la calle Mariano Rodríguez Objio, y luego perfilo su peralte, y semanas después excavó la Doctor Cabral dejando intacta un área donde de manera esporádica funcionaba un corral de animales, espacio también útil donde se realizaban pregones, ambas actividades manejadas por el Ayuntamiento, colindante con la Calle Caonabo ( construida posteriormente), creando dos nuevas esquinas con la Estrelleta.

Para nosotros fue demasiado, estábamos motivados a no faltar a la Escuela, las aguas lluvias dejaron de inundar mi casa, y ya a partir de ese momento vi a los viejos del Sector reunirse y medir distancias planificando la instalación de un poste del tendido eléctrico con su respectiva farola.

La presencia de la lamparita humeadora de gas kerosen sobre la mesa de comedor especialmente colocada en el mismo centro de la sala, tenía sus días contados.

Mi casa fue construida dentro de un solar grande, colindaba con la Estrelleta y la 4 de Julio. Al frente existía un bosque. Y otro detrás. El tramo de la Estrelleta creado por Pedro Ogando contenía no más de cinco viviendas. En el lado de la Mariano R. Objio existían tres, y en la Doctor Cabral, cuatro viviendas.

Una noche las botas rompieron el reino de la paz. Aunque nunca escuché que alguien resultara herido o lesionado. Pero si, presos, gente que acudió al llamado a las armas lanzado desde la Fortaleza del Ejercito de San Juan.

Pienso que fue a eso de las 10:00PM en que varios de mis hermanos retornaron sudados y muy agitados a la casa. Mientras jugaban en el bosque con los amigos del Sector, se tropezaron con varios bolsones cubiertos con sábanas blancas, y curiosos, optaron por abrirlos, encontrándose con determinadas cantidades de armas de guerra. Uno de los padres (que no fue el mío), avisado por una hija, se acercó a verificar la noticia, y se fue directo a poner la denuncia a la Policía, quedando preso de inmediato.

Ninguno de nosotros pudo suponer que fueron los propios militares quienes colocaron las viejas e inservibles armas en nuestro bosque, esperanzados de que algunas personas incentivadas o comprometidas con lo que ocurría en la Capital, metiera las patas dentro de esa trampa.

El silencio de la madrugada fue roto por el movimiento de vehículos livianos y pesados. Y por el trote de tropas. Por el ametrallamiento masivo ocurrido en toda la periferia de manera coordinada, ya que se escuchaba un pito sonar-muy parecido al canto del gorrión- en una esquina, y disparos de gruesos calibres desde la otra, hacia la dirección opuesta.

Mis padres nos ocultaron bajo las camas. Y prohibieron los comentarios, silencio absoluto, y miedo entre los más jovencitos.

Silencio en las Calles. Silbido. Disparos de armas cortas, de armas largas, de de grueso calibre, y de calibre normal, metrallas, pistolas, revólveres, y talvez el vómito de esas ametralladoras colocadas sobre los jeeps. Silencio nueva vez, movimiento de vehículos de guerra, movimiento de tropas cambiando posiciones, disparos, silencio, y así hasta bien entrada la madrugada.

En la mañana recogimos miles de cartuchos vacios, había miles de huellas de botas de guardias, y el cerdo que en el bosque criaba mi madre, asesinado.

Nos dijeron que en San Juan había toque de queda, que ninguno de nosotros, absolutamente nadie, debía estar fuera del hogar después de las 5:00PM. Y en la noche, de nuevo el tiroteo, el pito ubicacional, los carros de combate, el movimiento de los soldados, silencio…Y al amanecer, a recoger nuevos casquillos. La Doña nos explicó que en la Capital se estaba peleando, que había una guerra.

Una tarde, varios de mis hermanos decidimos ir a ver a nuestros primos, los Lorenzo Gerónimo. Éramos vecinos. Fueron y son adventistas. Ellos nos dijeron que a Miguel-tenia

de 15 a 16 años de edad, era del PSP- PCD, y fue quien años más forjó mi primera militancia en ese Partido Comunista- lo habían bajado de un Camión que se dirigía a pelear en la Guerra de la Capital. A Miguel lo bajaron del Camión como a otros jovencitos sanjuaneros de cortas edades en una revisión que se realizó en la antigua Garita ubicada frente a la Estación Shell del kilómetro 1 de la Vía San Juan-Santo Domingo.

Lo busqué, y él me sonrió y me abrazó, y me llevó a su habitación. Ahí fue cuando me explicó los detalles que él conocía por vía de la Radio, sobre la Revolución de abril de 1965. Deseaba pelear. Yo cumplía 8 años de edad. Hoy ya tengo 62.

Que nunca resulte necesario que se repita.

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