El Mundo

En Haití: A tres días de su boda le confesó a su prometido que era transgénero

Fotografía de la pareja publicada en el periódico Le Nouvelliste.
PUERTO PRÍNCIPE. Tres días antes de su boda, la haitiana Yaisah Val le confesó a su prometido que era transgénero y que había concluido la cirugía de reasignación de género, una audacia en un país dominado por los tabúes y la homofobia.
Su futuro esposo tuvo que buscar en internet la palabra transgénero para entender que se trata de personas que sienten una disonancia entre el sexo que se les asignó al nacer y su identidad de género.
Ahora, alentada por su esposo Richecarde, Yaisah, de 45 años, es una de las primeras mujeres en Haití en hacer pública su transexualidad, desafiando el conservadurismo religioso y político de la nación caribeña.
“El género está en tu mente, el sexo está entre tus piernas”, es el lema de esta mujer que a los 29 años completó una transición de varios años que dio como resultado la reasignación sexual.
Comenzó el proceso después de varios intentos de suicidio, sintiéndose impotente ante las críticas que le exigían: “No camines así, no hables así, no respires así”, recuerda.
“Es difícil darte cuenta a los 5 o 6 años que eres una lacra, que mi cuerpo, mi propia existencia provoca decepción y vergüenza en mis padres”.
– “¿Es eso corregir a Dios?” –
Una transición exitosa le dio a Yaisah la oportunidad de volver a ser ella misma, pese al rechazo que provoca en algunos de sus familiares que dicen que “no se puede corregir el buen Dios”.
“Dios quiere que yo sea miserable y me mate?”, se pregunta ella. “Si soy hipertensa y tomo medicamento, ¿es corregir a Dios? No. Si tengo problemas de vista y me someto a una operación para ver mejor, ¿estoy corrigiendo a Dios? No”.
“Eso es ridículo”, replica Yaisah a quienes se refieren a ella como una “abominación”.
Pese a los desprecios y las dificultades, su marido Richecharde nunca ha renunciado a estar con quien ha compartido su vida durante más de dos años.
Fue él quien insistió para que esposa hiciera pública su identificación como un ejemplo positivo para el resto de su país.
“No es solo por Yaisah, ella pudo ir a Estados Unidos y someterse al tratamiento”, dijo. Pero, ¿cuántos jóvenes haitianos de clases bajas son así y se pierden porque no pueden identificar quiénes son?”, pregunta.
La pareja trabaja para concienciar a sus compatriotas con el respaldo de la organización Kouraj, que durante años ha apoyado al colectivo LGBTI en Haití.
“Les advertimos sobre los riesgos, pero les dijimos que no tuvieran miedo”, cuenta Charlot Jeudy, presidente de Kouraj, al recordar su primer encuentro con los Val. “Es una cuestión de libertad, de derechos”.
– Buscar las palabras –
Oficialmente Haití es un país laico, pero la tradición cristiana regula fuertemente la vida y las personas LGBTI diariamente ven amenazados sus derechos.
En 2016, un festival de cine LGBTI que se celebraba en Puerto Príncipe tuvo que ser cancelado debido a los riesgos de violencia y los llamados a cometer asesinatos.
Y en agosto de 2017, en una votación en el Congreso para prohibir el matrimonio homosexual, varios senadores usaron argumentos religiosos y denunciaron la “desviación de Occidente”.
Porque existe una idea generalizada de que la homosexualidad y la transexualidad son creaciones occidentales. “Algunos dicen que tengo una misión, que me paga Estados Unidos: es exagerado, soy haitiana, crecí en Haití y no soy la única”, responde Yaisah.
Su esposo lamenta que algunos haitianos crean que “son los extranjeros quienes vinieron con eso”.
“Los extranjeros no pueden cambiar la genética”, sostiene. “No tienen algo que haga trans a una persona, esto existe en todas partes del mundo”.
Sobreponiéndose a los mensajes de odio, la pareja se negó a abandonar Haití a pesar de la perspectiva de una vida más fácil afuera y optó por quedarse para ayudar a los haitianos frente a la discriminación.
“Ha habido amenazas, pero también hemos comenzado a recibir llamadas de madres que explican que su hijo es así”, afirma Yaisah Val. “O personas que llaman llorando, aliviadas de encontrar por fin las palabras simplemente para explicar quiénes son”.
Que sus teléfonos móviles estén saturados con mensajes de jóvenes que buscan su identidad no los molesta, aunque pasen horas respondiendo. “Es gente que quiere esperanza, eso es todo”, sonríe Yaisah Val rodeada por los brazos de su esposo.

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