Opinión

De profundis / Bernardo Vega

Por: Bernardo Vega
El doctor se quitó los espejuelos, echó el sillón hacia atrás decidió darme el diagnóstico: osteoartropatía degenerativa con importantes calcificaciones, complicada con esclerosis, es decir el endurecimiento patológico del organismo, lo que conlleva a una falta de evolución y adaptación al medio.
Mientras el erudito hablaba me preguntaba si me diagnosticaba a mí, o a un PLD desde hace tiempo corporativo y clientelista y con catorce años continuos en el poder. La noche anterior un cientista político me había presentado el símil de que el PLD es como una sanguijuela abobada por el exceso de sangre de la corrupción, imposibilitada de actuar y reaccionar.
Salí deprimido de la consulta. Por primera vez en décadas había decidido pasarme la Semana Santa en la capital para tratar de adelantar la redacción de un libro. Para cambiar de tema encendí la televisión y puse a Netflix. Para mi sorpresa ya estaba disponible una serie titulada “El mecanismo”, la cual hacía pocos días había sido muy criticada por Lula da Silva, ex presidente de Brasil, amigo de Danilo Medina, y quien probablemente “a la peruana”, pronto será alojado en la cárcel, pues en Lima son varios los ex presidentes hospedados gratuitamente en facilidades estatales. Lo mismo ocurre en algunos países centroamericanos.
La serie trata sobre la operación “Lavajato” (auto lavado), una investigación por parte de la policía federal brasileña que evidenció cómo las más grandes compañías constructoras de ese país, incluyendo a Odebrecht, sobrevaloraban las obras solicitadas por la empresa estatal Petrobras, con el propósito de poder entregar grandes recursos a los partidos en el poder. Unos policías corajudos, apoyados por un juez de Curitiba, Sergio Moro, quien autorizó violar el secreto bancario, desmantelaron una enorme operación de lavado que incluía tanto transacciones en efectivo como transferencias a cuentas bancarias en Europa.
Entonces fue que me deprimí aún más, al contrastar lo ocurrido en Brasil con la muy débil actuación del procurador dominicano en el caso criollo de Odebrecht.  Existiendo una muy generosa ley por medio de la cual los empresarios pueden utilizar recursos que de otra manera tendrían que pagar en impuestos, para financiar películas que no son rentables (excepto para las que las producen) y como resultado de esa generosidad ahora podemos disfrutar de “Sanky Panky”, me pregunté por qué no se produce una película sobre el “lavajato” dominicano. De seguro sería rentable, a no ser que la censuren, pues iríamos a verla en masa para experimentar  una catarsis colectiva.
Buscando salir de la depresión volví a la redacción de mi texto de historia. Noté que entre 1844 y 1874, durante los primeros treinta años de nuestra independencia, dos presidentes, Buenaventura Baez y Pedro Santana, ocuparon veintitrés de esos años a los que hay que agregar los cinco de la anexión. Leonel lleva doce y Danilo ocho.
Santana buscó la anexión primero con Estados Unidos y luego optó por España. Baez, el “afrancesado”, buscó primero la anexión con los galos pero luego, al ver el fracaso de los franceses con Maximiliano en México, optó por buscar la anexión con Estados Unidos, país al cual antes odiaba. Pero ante la realidad de una anexión a España lograda por su rival, optó por un cómodo “exilio”, pues Madrid lo nombró Mariscal de Campo, con sueldo, aunque entre los dominicanos era conocido como “la espada virgen”, por nunca haber luchado. Entonces fue que me deprimí aún más.
La solución era dejar de pensar en cosas del tercer mundo, por lo que me puse a ver las estaciones norteamericanas de televisión Fox y CNN. Noté que los locutores no ofrecían noticias de forma objetiva, sino que editorializaban, en una estación defendiendo a Trump y en otra criticándolo. En fin, que la televisión americana se había “dominicanizado” y me pregunté si los locutores de Fox, muy pro-Trump, recibían dinero del gobierno, a la criolla, o simplemente cumplían las órdenes de Mr. Murdock, dueño de la estación. Eso me recordó que todavía no había recibido la prometida lista de las “bocinas” criollas y la cantidad de dinero que reciben de un gobierno que se nutre de nuestros impuestos.
Para la depresión solo me quedaba la opción de ver los muñequitos.

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