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¿En Roma fueron perseguidos todos los cristianos?
Tanto el cine de Hollywood como la literatura nos han hecho creer que ser cristiano en la antigua Roma era una condena a muerte segura en la arena del Coliseo. Pero, ¿qué dice la evidencia histórica?

Hoy vamos a desmontar uno de los grandes mitos de la Antigüedad: la idea de que el Imperio romano mantuvo una política de exterminio constante y sistemática contra los seguidores de Jesús durante sus primeros tres siglos de existencia.
Lo que nos han legado en sus escritos historiadores cristianos del siglo IV, como Eusebio de Cesarea o Lactancio, nos ofrece a pensar que los cristianos vivían en un estado de terror perpetuo. Estos autores, escribiendo ya bajo el amparo del primer emperador cristiano, Constantino, tenían el objetivo de ensalzar la figura de los mártires. Sin embargo, los historiadores más actuales no están de acuerdo con esta versión y exponen que durante los primeros 250 años de historia cristiana, el Estado romano apenas les prestó atención a nivel imperial.
No existían escuadrones de legionarios pateando puertas para arrastrar a los cristianos a las mazmorras y, posteriormente a las arenas del Coliseo. De hecho, la mayor parte del tiempo, los cristianos vivían, trabajaban y se relacionaban con sus vecinos paganos con relativa normalidad. La persecución, cuando ocurría, era casi siempre un fenómeno local, esporádico y, más bien impulsado por vecinos celosos (y no por los emperadores romanos) que denunciaban a los cristianos ante los gobernadores locales.
Sí que hubo episodios de gran brutalidad. El primero y más famoso (aunque es un mito) difundido por el cine es el protagonizado por el turbado emperador Nerón en el año 64 d.C. Tras el gran incendio de Roma, los rumores apuntaban al propio emperador como pirómano principal del suceso (evocándolo incluso cantando con su cítara mientras contemplaba el incendio), pero en ese momento ni siquiera Nerón se encontraba en Roma y, ciertamente, los incendios eran bastante habituales en la ciudad, aunque ninguno fuese tan espeluznante como este. De hecho, a raíz de este incendio, Nerón volvió y se ocupó de que las víctimas tuvieran donde refugiarse, entre otras cosas.
Las persecuciones eran impulsadas por el pueblo más que por los propios emperadores.
Pero las sospechas públicas acerca de que había orquestado u ordenado este incendio se difundieron como la pólvora. Por ello, para eliminar estas suspicacias, Nerón utilizó a los cristianos como chivos expiatorios. El historiador romano Tácito relata cómo fueron cubiertos con pieles de animales y despedazados por perros, o quemados vivos como antorchas humanas. Pero no fueron ejecutados por su fe, sino acusados del delito de incendio provocado y de “odio a la humanidad”. Además, esta masacre a los cristianos fue minoritaria; se limitó a la ciudad de Roma; no fue una persecución a nivel imperial.
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