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Hermann Hesse nos cuenta cuál es la diferencia entre juventud y madurez

Hermann Hesse, escritor y premio Nobel, sobre la madurez: "La juventud acaba cuando termina el egoísmo; la madurez empieza cuando se vive para los demás"

Hermann Hesse (1877–1962) fue un célebre escritor, poeta, novelista, y pintor suizo-alemán, galardonado con el Premio Nobel de Literatura en 1946. Su obra es fundamental en la literatura del siglo XX, caracterizada por explorar la búsqueda de la identidad, la espiritualidad, el misticismo oriental y los conflictos existenciales del individuo frente a la sociedad moderna.
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Nacemos totalmente dependientes. Y eso nos lleva a poner el foco exclusivamente en nosotros hasta que somos más mayores. Por eso a los niños no les gusta compartir sus juguetes o su comida. La expresión Mío es su lema. Se trata de la ley natural de la supervivencia. El bebé debe centrar la atención en sí mismo para proteger su vida.

Cuando hay un recién nacido en casa, todo gira a su alrededor. El reloj marca las horas e función de él: comidas, baños, horas de sueño. Se trata de un egoísmo biológico inconsciente, espontáneo y natural. A medida que el niño crece, su centro de gravedad se desplaza paulatinamente de su ombligo al resto mundo, donde hay más personas.

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En nuestro entorno solemos tener personas que se centran en las necesidades de los demás. Getty Images

Egoísmo y altruismo

Al escritor y Nobel de literatura Hermann Hesse se le atribuye una reflexión al respecto de la juventud y la madurez: “La juventud acaba cuando termina el egoísmo; la madurez empieza cuando se vive para los demás.”

El también poeta y pintor se refería a que lo contrario del egoísmo es el altruismo. Ambas palabras tienen una raíz que deriva del latín. La primera hace referencia al ego o el yo y la segunda se refiere al otro.

Algunos ejemplos de personas que se han convertido en iconos de madurez emocional y social por sus acciones son: la madre Teresa de Calcuta, Nelson Mandela o Gandhi. Ellos supieron postergar sus intereses y necesidades para servir a un fin común de gran trascendencia, como la paz o el cuidado de los más desfavorecidos.

En nuestro entorno solemos tener algunas de estas personas: abuelos, hermanos, madres, padres o amigos con diferentes nombres, pero que tienen un comportamiento común: centrarse en las necesidades de los demás. Su ego queda relegado a un lugar secundario para servir desinteresadamente a otras personas, lo que denota su evolución personal.
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Tender una mano a otra persona implica no solo sensatez, sino también sabiduría.

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Generosidad y madurez

La generosidad es el emblema de la madurez. Cuando un joven ofrece sus pertenencias o tiempo sin esperar nada a cambio a terceros, se trata de una señal de madurez. Según la ley universal de la correspondencia, cuanto más damos, más recibimos. Se trata de ofrecer no solo bienes materiales, sino también escucha, sonrisas, apoyo emocional o amabilidad.

Tender una mano a otra persona implica no solo sensatez, sino también sabiduría. Crecer y evolucionar lleva toda una vida y hay quienes se quedan a mitad de camino de la meta. Y es que, madurar no solo consiste en cargarse de responsabilidades, como pagar facturas o trabajar a destajo, sino en algo más sutil e interno asociado a la evolución personal.

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En la vida hay episodios que marcan un antes y un después y suelen convertirse en puentes hacia la madurez.

El comienzo de la madurez

La madurez es mucho más que dejar de ser niño. De hecho, deberíamos de conservar a ese pequeño que llevamos dentro para ser más más sabios. La risa, el disfrute sano y la capacidad lúdica se suelen asociar con la inmadurez. Pero la sensatez y el juicio no siempre van vestidos con traje y corbata. A veces, su atuendo es el de payaso o bufón.

La seriedad, la rigidez ante la vida o las arrugas no son sinónimo de sabiduría. Ese grado no se adquiere por el paso de los años, sino por la integración de las experiencias con flexibilidad en forma de conocimiento.

En la vida hay episodios que marcan un antes y un después y suelen convertirse en puentes hacia la madurez. Puede tratarse de la muerte de un ser querido, un divorcio, una enfermedad o, como en el caso del novelista Hermann Hesse, la primera guerra mundial.

Se trata de pruebas de fuego que nos empujan a ver la vida de otra manera. A encarar la dificultades desde la aceptación de lo que está sucediendo. Incluso a dejar de centrarnos en nuestras necesidades para cuidar a otros que están en dificultades. Es el caso de tener que encargarse de los padres cuando son mayores y están enfermos.

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En Occidente se suele asociar la madurez con el casamiento o el comienzo de la vida laboral.

El ecuador de la madurez

El paso de los años aumenta nuestro álbum de fotos con recuerdos. Pero, ¿también nos suma madurez? No necesariamente. Es difícil determinar cuándo hemos pasado el ecuador que delimita nuestro paso a ser adultos.

Diversos grupos tribales llevan a cabo ritos iniciáticos para simbolizar que el joven ya es una mujer o un hombre. En algunos casos suele coincidir con el inicio de la menstruación de las chicas y, para los muchachos, con su primera jornada de cacería para alimentar al clan.

En Occidente se suele asociar la madurez con el casamiento o el comienzo de la vida laboral. Pero la cuestión es si ese paso a ser adulto es solo aparente y por dentro todavía se está verde. En realidad cada persona madura a un ritmo diferente según sus vivencias, carácter, circunstancias externas o lugar de nacimiento.

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Una de las señales de que tenemos sabiduría interna es ser coherentes con lo que pensamos, decimos y hacemos.

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Señales de madurez

Una de las señales de que tenemos sabiduría interna es ser coherentes con lo que pensamos, decimos y hacemos, además de como señala Hermann Hesse, ofrecernos al prójimo y no solo pensar en nuestra papilla y nuestros juguetes, como cuando éramos niños.

No se trata de olvidarnos de nosotros mismos; de no cuidarnos y sobre explotar nuestra energía para entregarla sin límites, porque enfermaríamos y poco podríamos ofrecer a nuestro entorno. Lo ideal es encontrar el equilibrio entre dar y recibir. Sería como hacer un ciclo o baile entre llenar la vasija y vaciarla, como si se tratara de un circuito cerrado que funciona sin esfuerzo.

Hermann Hesse buscó a lo largo de su vida esa paz interior y sabiduría que aporta la madurez. Lo plasmó en su novela: Demian, en la que habla sobre la evolución humana y el despertar de la consciencia. En su caso, el artista llegó a descubrir en el servicio común su sensatez y progreso personal.

Tomada de Cuerpomente.com

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