Opinión

Cuando el futuro nos alcance / Miguel Collado

In memoriam a Stephen Hawking (1942-2018)

Por Miguel Collado

La mayoría de las personas prefiere no pensar en aquello que podría poner en peligro el futuro de la humanidad. Si el tema tiene un carácter apocalíptico, el rechazo suele ser mayor: se evita hablar de él, leer sobre él o negarse a considerarlo como una posibilidad digna de reflexión. Parecería que ignorar los riesgos bastara para conjurarlos.

Vivimos una época paradójica, pues nunca habíamos acumulado tanto conocimiento sobre el mundo y, sin embargo, pocas veces habíamos mostrado tanta dificultad para mirar más allá de las urgencias del presente. La humanidad parece debatirse entre la ingenuidad, la arrogancia y lo absurdo: la ingenuidad de creer que los grandes peligros nunca llegarán; la arrogancia de pensar que siempre encontraremos una solución de última hora; y lo absurdo de persistir en conductas cuyos efectos conocemos, pero que nos resistimos a modificar.

Y no pienso que anticipar el futuro sea un ejercicio de pesimismo. Tampoco considero que sea un oficio reservado a profetas o a visionarios. Es, sencillamente, una forma de responsabilidad humana, porque entiendo que las sociedades que sobreviven suelen ser aquellas capaces de reconocer los peligros antes de que estos se conviertan en tragedias irreversibles.

Desde muy joven —como ya he comentado en otros textos reflexivos— hice lecturas muy diversas: científicos como Carl Sagan; novelistas de anticipación como Julio Verne, H. G. Wells, Arthur C. Clarke, Isaac Asimov y Ray Bradbury; investigadores como Antonio Ribera, Aimé Michel, Paul Misraki, Rodolfo Benavides y Erich von Däniken. A este universo de lecturas se sumaron la Biblia y El libro de Urantia, desde una perspectiva espiritual. Todos, desde enfoques muy distintos, terminaron conduciéndome hacia una misma pregunta: ¿hacia dónde se dirige la humanidad? ¿Hacia un inminente y dramático final?

Con el paso de los años comprendí que muchos de aquellos autores no pretendían adivinar el porvenir, sino advertir sobre las consecuencias que podrían derivarse de determinadas decisiones humanas. Y vista ahora, desde el tenso presente, buena parte de aquella literatura resulta menos profética que profundamente lúcida y muchas de las inquietudes que conocí en mis años de juventud han dejado de pertenecer al terreno de la ficción para instalarse, poco a poco, en la aterradora realidad en que vive la humanidad.

Durante milenios, el ser humano temió que el fin de la civilización proviniera de fuerzas exteriores: un diluvio, una epidemia devastadora, el impacto de un gran meteorito o cualquier otra catástrofe natural. Hoy, por primera vez en la historia, las amenazas más inquietantes han sido creadas por el propio ser humano. Esa es, quizá, la mayor paradoja de nuestra civilización. Y entre esas amenazas cabe destacar tres: la primera es el deterioro acelerado de los ecosistemas que sostienen la vida, consecuencia de una explotación irracional de los recursos naturales y de un modelo de desarrollo que durante demasiado tiempo creyó que el planeta era inagotable; la segunda es el extraordinario poder alcanzado por la inteligencia artificial y otras tecnologías emergentes, cuyo desarrollo avanza con mayor rapidez que nuestra capacidad ética y jurídica para orientarlo; y la tercera continúa suspendida sobre el mundo como una espada de Damocles: la posibilidad de un conflicto nuclear en un escenario internacional cada vez más inestable.

Esas amenazas no evolucionan de manera aislada: se interconectan. La degradación ambiental puede alimentar conflictos por recursos escasos; la tecnología puede potenciar tanto la cooperación como la destrucción; y la creciente desconfianza entre las naciones dificulta la búsqueda de soluciones comunes. Los problemas se entrelazan y se fortalecen mutuamente.

No escribo esta reflexión futurista para anunciar catástrofes ni para sembrar temor, pues consciente estoy de que el miedo paraliza; la reflexión, en cambio, puede despertar la conciencia.

Ignorar los riesgos nunca ha sido una estrategia eficaz para evitarlos. La historia demuestra que las grandes crisis suelen sorprender, no porque fueran imprevisibles, sino porque preferimos ignorar las señales que las anunciaban.

Todavía estamos a tiempo de corregir el rumbo. Pero el tiempo no se detiene y las decisiones que hoy parecen insignificantes podrían determinar el mundo en que vivirán nuestros hijos, nuestros nietos y los hijos de estos. Consciente estoy también de que el futuro no llegará de improviso: se está construyendo ahora mismo, con cada decisión colectiva y con cada omisión.

Por eso quizá el mayor desafío de nuestra época no sea científico ni tecnológico, sino moral.

Disponemos del conocimiento necesario para comprender los riesgos que hemos creado, pero aún debemos demostrar que poseemos la sabiduría suficiente para enfrentarlos. Concluyo diciendo lo siguiente: cuando el futuro nos alcance, ya no podremos decir que nadie nos advirtió.

——————————

El autor es poeta, escritor y bibliógrafo

Artículos relacionados

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Close

Adblock Detectado

Por favor, considere apoyarnos mediante la desactivación de su bloqueador de anuncios.