Opinión
MI VISIÓN INTERNACIONAL DESDE LA ISLA / Miguel Collado
Ahora no me asaltan preocupaciones literarias, ni poéticas ni bibliográficas. Ahora me duele la humanidad, y aborrezco a quienes atentan contra su felicidad, contra su paz.
Por Miguel Collado*
I. MIRANDO EL ORDEN INTERNACIONAL COMO UN TABLERO DESIGUAL
Escribo desde una isla. Y no es una metáfora. Las islas aprenden temprano que el mar protege y aísla, que la distancia geográfica no impide la cercanía del poder y que las decisiones tomadas en capitales lejanas pueden alterar la vida cotidiana de pueblos que jamás fueron consultados.
Ahora no me asaltan preocupaciones literarias, ni poéticas ni bibliográficas. Ahora me duele la humanidad, y aborrezco a quienes atentan contra su felicidad, contra su paz.
Desde esta orilla caribeña observo el orden internacional como quien mira un tablero desigual. Durante décadas se nos enseñó que el mundo posterior a 1945 había erigido un sistema de normas destinadas a impedir que la fuerza sustituyera al derecho. La prohibición del uso unilateral de la violencia, la defensa de la soberanía y el principio de no intervención parecían pilares incuestionables bajo el amparo de la Organización de las Naciones Unidas y su arquitectura jurídica, incluida la Corte Internacional de Justicia.
Sin embargo, la realidad contemporánea revela fisuras inquietantes. Cuando una gran potencia actúa al margen de esos principios —secuestrando, eliminando o desestabilizando a líderes de Estados más pequeños— y no recibe sanción proporcional ni condena efectiva, el mensaje que se transmite no es jurídico: es político. Y más aún, es pedagógico. Se enseña que el poder puede erigirse por encima de la norma.
Las consecuencias no son abstractas. La impunidad erosiona la credibilidad de los organismos multilaterales. incentiva alianzas defensivas, estimula carreras armamentistas regionales, radicaliza conflictos internos y, sobre todo, debilita la confianza en que exista un árbitro imparcial en la arena internacional. El derecho deja de ser escudo de los débiles para convertirse en herramienta selectiva.
Desde una isla, esta dinámica se percibe con particular claridad. Las naciones pequeñas sabemos que nuestra estabilidad no depende solo de nuestra prudencia interna, sino también de la vigencia de reglas comunes. Si esas reglas se relativizan, nuestra vulnerabilidad aumenta.
No escribo desde la ingenuidad. La historia demuestra que el poder siempre ha buscado imponerse. Pero también enseña que cuando el poder prescinde totalmente del derecho, el sistema global entra en una fase de incertidumbre peligrosa. No se trata de simpatías ideológicas ni de afinidades circunstanciales; se trata de preservar un principio civilizatorio: que ningún Estado, por fuerte que sea, tenga licencia ilimitada para decidir la suerte de otro.
Desde esta isla sostengo, pues, una convicción sencilla: el equilibrio mundial no puede descansar únicamente en la fuerza. Necesita legitimidad. Y la legitimidad solo se sostiene cuando las normas rigen para todos y las mismas son respetas. De no ser así, para qué sirven los convenios, para qué sirven los acuerdos suscritos.
II. CUANDO EL PODER SE ASUME SOBERANO ABSOLUTO
Si el presidente de una gran potencia decide secuestrar o eliminar al jefe de Estado de una nación pequeña, y no recibe sanción alguna de organismos como la Organización de las Naciones Unidas, la Corte Internacional de Justicia o la Corte Penal Internacional, las consecuencias geopolíticas no serían episódicas: serían estructurales. Haremos un desglose de esas posibles consecuencias:
1. Erosión del Derecho Internacional
El primer efecto sería la deslegitimación del derecho internacional. Desde 1945, el sistema global descansa en la prohibición del uso unilateral de la fuerza contra la soberanía de otros Estados. Si una gran potencia viola esa norma sin consecuencias, el mensaje se vuelve inequívoco: «El poder sustituye al derecho». La legalidad internacional pasaría a ser un instrumento selectivo, aplicable solo a los débiles.
2. Precedente de impunidad
La ausencia de sanción crea precedente. Otros Estados poderosos podrían interpretar la inacción como autorización tácita. Bajo argumentos de «seguridad nacional» o «defensa preventiva», se normalizarían intervenciones directas contra líderes extranjeros. Lo excepcional se convertiría en método.
3. Reconfiguración de alianzas
Las naciones pequeñas —sobre todo aquellas con posiciones estratégicas— buscarían protección en bloques rivales. Se fortalecerían pactos militares, se acelerarían programas de armamento y se fragmentaría aún más el equilibrio global. No sería una guerra fría clásica, sino múltiples tensiones simultáneas, más imprevisibles y menos estables.
4. Radicalización interna
En el país agredido, la acción externa podría producir el efecto contrario al buscado: a) convertir al líder en mártir’ b) estimular movimientos insurgentes; y/o consolidar discursos nacionalistas extremos. La eliminación física no garantiza la eliminación política.
5. Debilitamiento irreversible del multilateralismo
Si los organismos multilaterales no reaccionan, su autoridad moral se diluye. Las potencias comenzarían a privilegiar la acción unilateral sobre la negociación colectiva. El sistema internacional pasaría de un modelo normativo a uno abiertamente jerárquico.
III. INQUIETANTE CONCLUSIÓN
Desde esta Isla —donde nací, crecí y ahora envejezco— la conclusión es inquietante: cuando un gobernante se asume «Rey del mundo», no solo redefine su política exterior: redefine las reglas de convivencia global. Y cuando el poder se divorcia del derecho, la estabilidad deja de ser norma y pasa a ser excepción.
Finalmente, una aclaración innecesaria (en mayúsculas): CUALQUIER PARECIDO ENTRE LO AQUÍ EXPUESTO Y LOS ACONTECIMIENTOS QUE HAN TENIDO LUGAR EN EL MUNDO EN LOS ÚLTIMOS MESES ES PURA COINCIDENCIA. NADA TIENE QUE VER CON EL AUTOR DE LA «OPERACIÓN FUERIA ÉPICA».
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*Miembro de Número de la Academia de Ciencias de la Rep. Dom. (ACRD), Miembro Correspondiente de la Academia Dominicana de la Lengua y microhistoriador. Integra a la Comisión de Ciencias Sociales de la ACRD.
Ilustración: «El gran día de su ira» (1851-1853), óleo sobre lienzo de por John Martin (1789-1854).





