Opinión
Juan Bosch, la lealtad y la verdad final/ Víctor Grimaldi
Se detalla la designación de Grimaldi como Contralor General y el respaldo explícito de Bosch a su gestión
Por Víctor Grimaldi Céspedes
Este texto no pretende ajustar cuentas ni reescribir la historia desde el resentimiento. Distingue deliberadamente entre hechos vividos, recuerdos personales e interpretaciones posteriores.
Algunas escenas se narran porque fueron públicas y verificables; otras se omiten porque, aun siendo ciertas, no añaden verdad histórica. La memoria aquí no es un arma: es una responsabilidad.
Relación de Víctor Grimaldi con Juan Bosch
Conocí a Juan Bosch en distintos momentos de su vida pública y privada. Lo traté en la cercanía, en el respeto y también en la distancia inevitable que impone la política.
Por eso puedo decir, sin exageraciones ni silencios cómplices, que Bosch tenía una relación compleja con la lealtad: la valoraba profundamente, pero también era vulnerable a la intriga, al susurro interesado, a la mentira dicha con tono de amistad.
Nunca dijo que yo fuera un traidor. Nunca.
Al contrario, me defendió cuando otros intentaron sembrar esa palabra infame.
En una ocasión, durante una reunión, Felucho Jiménez intentó descalificarme llamándome traidor. Bosch lo interrumpió con una frase que me fue transmitida por Eduardo Selman y que aún resuena con una claridad que no admite tergiversaciones:
«Ojalá que todos los traidores fueran como Víctor Grimaldi.»
No fue una frase privada, ni una cortesía social. Fue una corrección moral.
Años después, en 1995, Miguel Cocco me llamó para conversar. En mi apartamento me contó un episodio decisivo. Después de las elecciones de 1990, se presentaron ante Bosch Vicente y Max Puig con un papel donde se proponía declararme públicamente traidor. Bosch lo leyó delante de ellos, delante de Miguel, y sin levantar la voz rompió el documento. Luego dijo, con una sencillez que no necesita adornos:
Quien conoció a Bosch sabe que podía ser severo. Lo fue con Vicente. Lo fue públicamente.
En 1992, después de la salida de Vicente del partido, Bosch dijo en el programa Aeromundo que llevaba una vida desordenada. Antes, ya había mostrado su molestia por conductas que consideraba impropias. Una vez fue a mi casa cuando yo vivía puerta con puerta con Vicente. Tocó. Vicente no abrió. Bosch se marchó contrariado y me dijo:
Nunca habló así de mí.
Nunca me reprochó nada semejante.
Apoyo político y designación de Víctor Grimaldi
Después de 1990 hablamos varias veces. Nunca mencionó las elecciones. Nunca insinuó deslealtad. En 1994 me llamó por teléfono y me pidió que fuera a su casa, en el Paseo de los Locutores. Me dijo, con convicción:
«Víctor, tú sabes que yo voy a ganar las elecciones, y yo quiero que tú ocupes un cargo en el Gobierno.»
No era un hombre confundido. Sabía perfectamente a quién llamaba y por qué.
El 16 de agosto de 1996, en el Congreso Nacional, antes de la juramentación de Leonel Fernández, estuve sentado un momento con Bosch. Me preguntó directamente:
«Víctor, ¿cómo es eso de la Contraloría? Yo quiero que hablemos.»
Yo ya había sido designado Contralor General de la República el 5 de febrero de ese año, a solicitud personal del presidente Joaquín Balaguer, quien me llamó a mi casa y dos días después me pidió aceptar el cargo. Bosch lo sabía. Y lo aprobaba.
El cierre público llegó el 30 de junio de 1998, en la Biblioteca Nacional. Leí una página de su libro Historia de la Restauración. Bosch, ya con la lucidez deteriorada, aplaudió y repitió tres veces:
«Bueno, bueno, bueno.»
Ese mismo día se publicó una fotografía donde aparecemos él, Leonel y yo. La imagen fue difundida por Julio Hazim en el vespertino La Nación. No fue un gesto privado. Fue un reconocimiento visible.
Con el tiempo entendí mejor una de sus fragilidades: Bosch tuvo amigos sinceros, pero no todos lo fueron. Algunos le hablaron mentira y él, a veces, creyó. Mildred Guzmán, su secretaria durante doce años —de 1978 a 1990—, lo expresó con claridad serena: hubo personas que le llevaron versiones falsas. No conmigo. Nunca conmigo.
Hoy no tengo casa ni automóvil. En 1980 los tenía. Tenía familia, estabilidad, una vida ordenada. Perdí cosas materiales. No perdí lo esencial. Puedo mirar a los ojos a cada miembro de mi familia sin sentir vergüenza. He sido y soy feliz como he vivido. Y mi ídolo en la tierra dominicana sigue siendo Juan Bosch.
Algunos que andaban en chancletas hoy son millonarios con dinero que no podrán meter en la caja. Yo no tengo esa carga.
Este texto no busca canonizaciones ni condenas. Busca dejar constancia. La historia dominicana está llena de rumores que se repiten hasta parecer verdad. Por eso escribo. Porque el tiempo aclara muchas cosas, pero solo si alguien se toma el trabajo de decirlas con serenidad.
Juan Bosch nunca dijo que yo fuera un traidor.
Dijo algo mucho más simple y mucho más fuerte:
«Víctor Grimaldi es mi amigo.»
Y eso, para mí, basta.
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