Opinión

La peligrosa distancia entre lo que decimos y lo que somos/ Mavelin amírez

La incoherencia entre discurso y conducta se ha convertido en uno de los problemas más persistentes de nuestra vida contemporánea

Por Mavelin Ramírez

Una de las crisis más profundas de nuestro tiempo no es económica ni política. Es moral. Y se expresa en una brecha cada vez más visible entre lo que decimos y lo que realmente estamos dispuestos a hacer.

Vivimos rodeados de discursos sobre ética, transparencia, integridad y responsabilidad. Son palabras que se repiten con facilidad en espacios públicos, institucionales y personales. Sin embargo, cuando llega el momento de actuar, demasiadas veces esos principios se diluyen entre justificaciones, silencios convenientes o decisiones que los contradicen.

La incoherencia entre discurso y conducta se ha convertido en uno de los problemas más persistentes de nuestra vida contemporánea.

No siempre adopta formas escandalosas. Con frecuencia se manifiesta de manera más sutil: cuando exigimos a otros estándares que nosotros mismos no practicamos; cuando condenamos conductas en público que toleramos en privado; cuando defendemos principios que se vuelven flexibles en el momento en que nos resultan incómodos.

La doble moral rara vez se presenta como tal. Casi siempre se disfraza de discurso correcto.

Pero las palabras, por sí solas, no sostienen la credibilidad.

En el ámbito profesional, esta distancia entre lo que se proclama y lo que realmente se practica tiene consecuencias particularmente corrosivas. Las organizaciones hablan de cultura, de valores, de meritocracia, de transparencia. Sin embargo, la cultura real de una institución nunca se define por lo que aparece en una declaración institucional ni por lo que se repite en una presentación corporativa.

Se define por lo que se tolera, por lo que se premia, y por lo que se decide ignorar o en su defecto, corregir.

Cuando las decisiones cotidianas contradicen los valores proclamados, esos valores dejan de ser principios y se convierten en simple narrativa institucional. Y ninguna narrativa, por bien elaborada que esté, logra sustituir la confianza.

La confianza es el activo invisible que sostiene el liderazgo, las organizaciones y la vida pública. Sin ella, ninguna reputación resiste demasiado tiempo. Cuando la incoherencia se vuelve frecuente, esa confianza no desaparece de golpe: se erosiona lentamente, hasta que un día descubrimos que ya no está.

Pero sería un error pensar que este problema pertenece únicamente a las instituciones o a quienes ocupan posiciones de poder.

También habita en la vida cotidiana.

Se refleja en la facilidad con la que juzgamos a otros mientras justificamos nuestras propias contradicciones. En la rapidez con la que defendemos principios cuando no implican sacrificio. En la comodidad con la que adoptamos discursos morales que rara vez se ponen a prueba en nuestras decisiones diarias.

En una época marcada por la exposición pública y la opinión permanente, resulta relativamente sencillo declararse defensor de valores. Mucho más difícil es sostenerlos cuando hacerlo implica incomodidad, pérdida de ventajas o asumir un costo personal.

Por eso la coherencia sigue siendo una de las formas más auténticas, y más escasas, de liderazgo.

Una persona coherente no necesita repetir constantemente cuáles son sus valores. Sus decisiones los revelan. Su conducta los confirma. Y su credibilidad se construye precisamente en la consistencia entre lo que afirma y lo que está dispuesto a hacer.

La coherencia no exige perfección. Nadie está libre de contradicciones ni de errores. Pero sí exige algo esencial: integridad. La disposición de vivir conforme a los principios que decimos defender, incluso cuando hacerlo resulta difícil.

Porque los valores solo adquieren verdadero significado cuando implican una renuncia, una decisión incómoda o la valentía de sostener una posición que no siempre resulta conveniente.

De lo contrario, dejan de ser valores y se convierten en simples declaraciones.

En una sociedad que aspira a fortalecer sus instituciones, elevar la calidad de su liderazgo y reconstruir la confianza pública, la coherencia no puede seguir siendo un ideal abstracto ni una palabra recurrente en discursos bien construidos.

Debe convertirse en una práctica cotidiana.

Porque las palabras pueden construir discursos convincentes. Pueden incluso construir reputaciones momentáneas.

Pero la autoridad moral, la única que verdaderamente perdura, se construye de otra manera.

Se construye cuando nuestras acciones comienzan a parecerse, cada vez más, a nuestras palabras.

Y cuando esa coherencia exige un costo, es precisamente ahí donde se revela quiénes somos realmente.

Porque al final, los valores no se ponen a prueba cuando es fácil proclamarlos.

Se ponen a prueba cuando llega el momento de vivir conforme a ellos.

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*La autora es Project Manager, Especialista en Gestión Humana, Desarrollo Organizacional y Direccionamiento Estratégico en la Gestión Empresarial, Docente Universitaria, Comunicadora.

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