Opinión

Perspectivas sobre la muerte: variaciones / Miguel Collado

La muerte es la muerte siempre. Solo que no es lo mismo morir en primavera que morir en el otoño

Por Miguel Collado

Si la muerte pisa mi huerto 

quién pensará que he muerto 

de muerte natural. 

Joan Manuel Serrat

LA MUERTE Y LAS ESTACIONES

La muerte es la muerte siempre. Solo que no es lo mismo morir en primavera que morir en el otoño. Tiene un encanto la muerte cuando las flores de mayo nos perfuman el olfato. Ver las hojas cayendo en otoño, dejando desnudos los árboles, entristece a la misma muerte. Es distinta la muerte en cada estación del año: en verano, quemada por el calor, ella viste de negro; en invierno, parece una novia con la nieve de Japón. ¡Ya veis! Cada estación trae su propia e inevitable muerte. Todavía más: es distinta la muerte en cada distinto lugar, porque la gente la piensa de modo distinto. Solo las lágrimas igualan la muerte en el mundo: solo el dolor profundo que ella deja hace que en todas las estaciones se sienta igual. Solo el dolor hace una a la humanidad. Solo la muerte.

El triunfo de la muerte (1562), por Pieter Bruegel el Viejo (c. 1530-1569). Museo del Prado, España.

NO LE TEMO A LA MUERTE

No le temo a la muerte. Le temo al dolor de morir, al sufrimiento de la partida y a su inesperada llegada.

Llega siempre en medio de una fiesta con la vida o al inicio de una historia de amor. A su imprudencia le temo, a su informalidad: nunca avisa, aunque a veces hace anuncios de los que no siempre nos percatamos. Es parte de su juego mortal: su malicia. No, no le temo a la muerte, sino a la lentitud del viaje.

NOTORIEDAD DESPUÉS DE LA MUERTE

Ese escritor isleño tenía tantas ansias por ser reconocido en el mundo literario que compraba sus propios libros en las librerías. Cada vez iba disfrazado y maquillado de alguien: a veces era médico, a veces hombre de negocio, otras de profesor de escuela y así. Solo quería que en las reseñas de libros más vendidos apareciera uno de su autoría. Pero nunca apareció su nombre en las listas de los autores más vendidos, por lo que decidió lograr notoriedad suicidándose una mañana. Con andar parsimonioso se dirigió a la estación de trenes próxima a su casa, bajó al andén A, descendió —sin que los viajeros notaran su presencia— al hueco por donde, sobre rieles, se desplaza el tren y allí se ocultó. Al día siguiente era el escritor más famoso del Caribe. En todos los diarios de la región el titular de primera plana era el mismo: El escritor Rengifo Llagaria muere aplastado por un tren en la ciudad de Santo Domingo.

MUERTE SOLITARIA EN TIEMPOS DE PANDEMIA

No hay dignidad en morir solo, como un perro sin dueño desechado en la calle. Si pudiéramos planificar la muerte como si fuera un viaje a las estrellas…sería más digno, más poético quizá. No me refiero al suicido cósmico: hablo de viajar, cerrar los ojos y, ¡zas!, ya no estar, esfumarnos como humo diluido por el viento. No, no hay dignidad en morir solo, picado por algo tan pequeño como un virus letal, invisible hasta para el ojo que piensa. Tragado por el fuego es mucho más digno, más higiénico incluso y más brillante, como un fenómeno de luces. Ser disparado por una gigantesca ballesta hacia el espacio exterior, sin vida en nuestro cuerpo, incinerado en una bola de cristal. Eso es mucho más digno que morir solo, ahogado por el llanto y el dolor de la soledad. ¿Es tétrico hablar de muerte en tiempos de pandemia? Tétrica es la esperanza del que sabe que morirá solo, sin ni siquiera una mano ajena cerrando sus párpados sin mirada ya.

TIRANA LA MUERTE

¿Quién sabe de la muerte un átomo? ¿Quién visitó su hogar remoto y retornó ileso, con células vivientes, venciéndola, doblegándola como tierno bambú hindú que mueve el viento? Ella, la parca, es parca en su andar, no tiene prisa ni agonía, pero siempre llega. Luchar contra la muerte es luchar contra la nada. La muerte, la tirana que impone su código, llega, pasa y deja un hilo negro de amargura que sólo deshace el tiempo. Para qué ignorarla si, al final, en el autobús nos alcanzará.

LA INESPERADA MUERTE

No llega la muerte cuando se le espera, sino cuando sólo pensamos en vivir…olvidándonos de ella Burladora, como es, es evasiva, silenciosa. Sólo un suicida quizá —o una mano asesina— apresura su oscuro paso, su fría y mortal presencia. Sólo Dios contradice su designio.

¿QUIÉN, CUANDO YO MUERA…?

¿Quién estará a mi lado a la hora de mi muerte inevitable? ¿Quién elegirá el color de mi ataúd y el nicho donde habré de dormir eternamente? Algún transeúnte quizá pregunte: «¿Quién ha muerto ahí?» Y una voz grave, tal vez el viento, contestará, displicentemente: «Un bibliógrafo audaz que toda la vida estuvo

ordenando títulos, fechas y nombres, pero olvidó ordenar su vida y prepararse para la muerte». Y ese y otros transeúntes de la noche beberán el café de difunto en mi partida definitiva.

QUIZÁS ME RECUERDEN, PERO SOLO QUIZÁS

Si muriera escuchando un jazz, quizá me recuerde algún amigo o alguno de mis hijos. Al oirse el quejido, como una lágrima musical, de la flauta de pan de Zamfir, tal vez me recuerde alguien; o cuando algún libro viejo —editado hace más de 100 años— ruede entre anaqueles descuidados; o cuando aparezca un manuscrito incunable de un autor hace tres siglos fallecido; o cuando alguien, molesto, ruegue por mantener el orden en la casa que ya no será mía, sino de otros, quizá, tal vez, a lo mejor, es posible que me recuerden como aquel tipo ordenador que a nadie le hacía daño. Aunque quizá, de repente pienso, no recuerden ni siquiera mi nombre, pues la memoria de los hombres tal vez será borrada por el Apocalipsis de Juan.

NOSTALGIA POR MI MUERTE

Me entristece mi muerte cuando la pienso; no porque me pueda abandonar la vida, sino por la tristeza de ellos reflejada en sus rostros compungidos. De las lágrimas anegando las gargantas de mis hijos es que hablo, y de los que siempre me han querido y de los que, a pesar de haberme herido, sé que lamentarán mi partida. A veces lloro mi muerte y no es temor a dejar de ser, es por la nostalgia que presiento causará en mí el abrazo de ellos, de esos que siempre me han querido.

SÓLO LAS ESPINAS

¡En qué oscuro laberinto deambulo! Es cuchillo afilado contra mí mismo el deseo profundo de expandirme

y tal vez morir como una ola en la playa: débilmente, sin el aliento del agua, sin fuerza en la espuma. ¿A dónde me habrá de llevar la sombra de ese laberinto que devora mi alma, que me oscurece el camino?

Sólo las espinas me recuerdan que vivo. ¿Acaso son filosas las espinas de la muerte?

 ELEGÍA POR LOS DAMNIFICADOS DEL HURACÁN GEORGES

Se rebela la madre natura contra el hombre de hoy, fugaz grano de polen en el cosmos. Ella, convertida en hacha de viento mortal, impone su furia, tala vidas humanas y árboles altivos; humilla lares indigentes y deforesta la alegría: el verde ya no es verde y la esperanza simboliza otro color, que se trasmuta en dolor o en queja profunda. Gira y gira el viento: de oeste a este, de norte a sur y a la inversa, también, como asesino implacable, como furioso león. Revienta Georges en las paredes y en las manos de los niños de Mesopotamia*. Ya lo sabemos: cuando la muerte cabalga en el viento se puede llamar David o Georges o Ráfaga Mortal.

¿RETORNARÉ DE LA MUERTE?

¿Dolerá al fallecido el no ser llorado? Morir sin provocar lágrimas de angustia, de pesar profundo, ¿le dolerá al que ha partido? ¿Sabe alguien de eso? Yo lo ignoro. ¿Sentirá tristeza el fallecido al sentirse llorado por la amada, por su leal amigo (su perro), por el solidario hermano o por el hijo más querido? Sentir tristeza sin demostrarlo, en pálido silencio tendido en un ataúd, quizá le dé paso a la impotencia, al dolor aprisionado entre sombras.  ¿Llorará en su interior el fallecido por su partida, por aquellos que, compungidos, quedarán sufriendo en este infierno terrenal? Nada de eso sé. Solo me aturde la inquietud por saber si luego de morir retornaré algún día o si se será definitivo mi viaje.

REFLEXIÓN POÉTICA SOBRE LA MUERTE

Y pensar que la muerte nos llega, así, sin ni siquiera decirnos «¡Vamos!». Pensar que recorremos los caminos pisando rabiosamente las piedras o besando el aire que nos deja… y la muerte nos persigue. Y pensar en los sollozos entrecortados, en los gritos en silencio, a solas, de los hombres, de los pájaros que le temen a la muerte… y la muerte nos persigue. Pensar que la muerte es un enigma: nos consume, nos traiciona y nos mata; y no hay remordimiento en su interior… ¡nos persigue! Y pensar en los sueños levantados para edificar las rosas y los besos, las caricias, las verdades y las vidas… y la muerte nos persigue. Pensar en los que mueren como mueren las olas, los días, las penas o las alegrías… y la muerte siempre nos persigue. Y pensar que la vida es solo espuma que se deshace, poco a poco, al ritmo del tiempo que transcurre indiferente… y la muerte nos persigue. Pensar en los susurros aislados con la esperanza de no morir a destiempo recordando lo que no ha pasado… y la muerte siempre nos persigue. Y pensar que la muerte nos llega, así, sin ni siquiera decirnos: «¡Vamos!»

MINI ELEGÍA A LUIS (EL TERROR) DÍAS

Como siempre, me fui a caminar frente al mar. El Sol todavía dormía, pero el mar no estaba allí, se había ido de la costa y sólo vi una gigantesca tumba y un rayo de luz sobre ella: «El trovador del pueblo yace aquí; todo el Mar Caribe se fue con él».

ELEGÍA AL POETA JUAN GELMAN** 

¡Oh, muerte, que agazapada llegas, burladora, evasiva y silenciosa! Sólo un suicida quizá ―o una mano asesina― apresura tu oscuro paso, tu fría y muda presencia. Muerte, no podrás ahogar en el silencio la legendaria voz del poeta del Cono Sur. La poesía contradice tu designio: Juan Gelman vivirá en el verso

y jamás lo tocarás con tus heladas manos. En la lucha librada por el justo él estará viviendo y se burlará de ti, muerte; te evadirá en el poema, silencioso, pero firme. ¡Oh, muerte, que jamás alcanzarás a Juan, a ese Gelman del exilio condenado en su patria, pero libre en América, amado en América, viviendo en la eternidad americana!

ELEGÍA TARDÍA A ERNEST HEMINGWAY*** 

Hoy he decidido llorar por alguien: lloraré por Ernest Hemingway. ¡Oh, tormento suicida el que apuró su muerte! De él nos quedan el viejo, el mar y las campanas. Ya no podrá buscar el enigma escondido en las nieves del Kilimanjaro, ni volver a ver las verdes colinas de África. Dijo adiós a la vida, no adiós las armas, y su muerte no fue una fiesta, sino un disparo en la garganta. Hoy he decidido llorar por alguien:

lloraré por Ernest Hemingway.

ME SUICIDARÉ ESTA NOCHE

Esta noche, cuando el reloj lo ordene, me suicidaré a las 10:00 en punto. El ritual: me acostaré despacio, mirando hacia el cielo interior de mi habitación, bajo una tímida penumbra; desnudo de los pies a la cabeza, sonriente y seguro de mi viaje. Cerraré los ojos ―que por tanto tiempo me han servido para ver la tragicomedia del hombre―; pensaré en la soledad del lago Ontario en un amanecer de otoño y contaré ovejas hasta quedar dormido como un muro milenario, ausente de este mundo. Es que dormir es morir, quizá el mejor modo de pasar al otro lado sin retorno: dormir es un suicidio placentero. Me suicidaré esta noche a las 10:00 en punto… cuando me acueste.

ELEGÍA A MARIO BENEDETTI, MONTEVIDEANO UNIVERSAL

Esta mañana, Mario, supe de tu muerte: pensé que acaso era otro de tus cuentos, pero Montevideo estaba triste y entonces indagué, le pedí datos al viudo de María y comprobé que era otra sorpresa triste de la muerte; entonces sentí nostalgia, nostalgia por aquella casa sin ladrillos habitada de cuentos y poemas que ya sólo son recuerdos olvidados, perdidos en la vecina orilla con despistes y franquezas en el buzón del tiempo. El porvenir de tu pasado ha partido contigo, con tu otro yo, y los pocillos ahuecados de tus sueños rotos almuerzan dudas y lágrimas por esa boca tuya que ya no está hablándonos en el parque desierto, contándonos historias de París. Sólo un póstumo reportaje sobre tu muerte, noticias tristes de ida y vuelta anunciadas por Pedro y su Capitán. Tu viaje de salida quién de nosotros sabrá si con retorno.

Es tu tregua. Te agradecemos el fuego de tu palabra justiciera, incluso el cumpleaños de Juan Ángel en primavera, con una esquina rota en la alegría, con geografías invadidas por la soledad de Babel, bebiéndonos un borroso café, subidos en los andamios desteñidos. En la víspera indeleble de tu partida, sólo mientras tanto, te queremos cantar tus poemas de la oficina, tus poemas del hoy por hoy, hacer un inventario de tus amigos tristes, sin perder la noción de patria que te animaba. Cuando éramos casi niños, nuestro próximo prójimo era el poema, dormido bajo los puentes levadizos, a ras de sueños quemando las naves, que sólo eran letras de emergencia, cotidianas, invadidas por el viento del exilio. Nos azotan las preguntas al azar, con la nostalgia del yesterday y sin saber si el mañana, con valientes ex presos de la palabra cautiva, nos traerá canciones del más acá o acaso el amor y las mujeres y la vida, sin pensar en que el olvido está lleno de memoria y que la vida es un paréntesis, un rincón donde el haiku y el viento creen que es el mundo en que respiras ahora, sin insomnios ni duermevelas, donde puedes hacer uno, dos, tres… todos los inventarios que te plazca, Mario. Existir todavía sigue siendo duro, lo sabes; hay que actuar en defensa propia, a veces perdida la memoria y la esperanza, sin adioses dolorosos, sin bienvenidas con festín: sólo cantando canciones del que no canta, siendo testigo de uno mismo en este mundo y en el otro, a donde has ido, montevideano universal.

NOTAS

* Sector de la ciudad de San Juan de la Maguana, República Dominicana, donde fueron muchos los afectados por el paso del huracán Georges por la República Dominicana en 1998.

** Importante poeta y periodista argentino fallecido el 14 de enero de 2014 en Ciudad México, donde residía. Había nacido en Buenos Aires en 1930. Defensor de la justicia, fue acosado por la dictadura argentina (1976-1983) y tuvo que vivir en el exilio por largo tiempo.

*** Nacido y fallecido en los Estados Unidos de América (1899-1961). Importante narrador estadounidense. Premio Nobel de Literatura en 1954.


Por Miguel ColladoBibliógrafo, microhistoriador y literato. Presidente-fundador del Centro Dominicano de Investigaciones Bibliográficas (CEDIBIL). Es Miembro de Número de la Academia de Ciencias de la República Dominicana y Miembro Correspondiente (Consultor Bibliográfico, honorífico) de la Academia Dominicana de la Lengua. Premio Casa del Escritor Dominicano 1994 por su libro Apuntes bibliográficos sobre la literatura dominicana (1993).

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