
En los últimos días, el presidente fue más lejos que nunca: nombró a un enviado especial con la misión explícita de avanzar hacia una incorporación de la isla a Estados Unidos y declaró públicamente que Washington “tiene que tener” Groenlandia por razones de seguridad nacional. La reacción fue inmediata. Dinamarca convocó al embajador estadounidense, el gobierno local rechazó cualquier intento de anexión y la Unión Europea expresó su respaldo a la soberanía danesa.
El detonante inmediato fue el anuncio del nombramiento de Jeff Landry, gobernador republicano de Luisiana, como enviado especial presidencial para Groenlandia. La figura no requiere aprobación del país anfitrión y funciona como un canal informal de presión política. Consultado por la BBC sobre el alcance del cargo, Trump respondió sin rodeos: Estados Unidos necesita Groenlandia para su “protección nacional” y “tiene que tenerla”.

El propio Landry celebró el nombramiento en redes sociales y fue aún más explícito: dijo que trabajará para que Groenlandia “se convierta en parte de Estados Unidos”. Esa frase encendió las alarmas en Copenhague y en Nuuk, la capital del territorio ártico.
Para Trump, la designación del enviado es una señal de que su ambición sigue intacta. Durante su primer mandato ya había intentado comprar la isla, una propuesta rechazada de plano en 2019 con una frase que se volvió icónica: “Groenlandia no está en venta”. Seis años después, el presidente vuelve al mismo punto, pero con un tono más confrontativo y una estrategia más amplia.
Seguridad, misiles y el Ártico militarizado
La explicación central que ofrece Trump es la seguridad nacional. Groenlandia ocupa una posición clave entre América del Norte y Europa, en la ruta más corta que seguirían misiles balísticos lanzados desde Rusia hacia Estados Unidos. Por esa razón, Washington mantiene desde la Segunda Guerra Mundial una base militar en el noroeste de la isla, hoy conocida como la Base Espacial Pituffik, antes Thule.

Desde allí, el sistema estadounidense de alerta temprana vigila amenazas aéreas y espaciales. En el contexto actual, con Rusia reforzando su presencia militar en el Ártico y China ampliando su influencia económica y científica en la región, el interés estratégico se intensificó.
Trump mencionó explícitamente la presencia de barcos chinos y rusos en los mares cercanos, aunque datos de navegación muestran que la mayoría de la actividad china se concentra en rutas árticas más próximas a Rusia. Aun así, para la Casa Blanca el Ártico se convirtió en un nuevo frente de competencia global, y Groenlandia es vista como una pieza central.
Mucho más que seguridad: poder, territorio y hegemonía

Pero reducir la obsesión de Trump a un cálculo militar sería incompleto. Su interés por Groenlandia encaja en una concepción más amplia del poder estadounidense, expresada en su reciente Estrategia de Seguridad Nacional, que habla abiertamente de reforzar el control de Estados Unidos sobre el hemisferio occidental.
En ese marco, Groenlandia no es sólo una base militar. Es territorio. Y para Trump, el territorio importa. Importó cuando impulsó la idea de anexar Groenlandia en su primer mandato.
El presidente también descarta, al menos públicamente, que su interés sea económico. “No lo necesitamos por los minerales”, dijo. Pero lo cierto es que Groenlandia posee reservas de tierras raras, uranio, hierro, petróleo y gas natural. Aun así, el deshielo acelerado por el cambio climático está abriendo oportunidades mineras y nuevas rutas marítimas, lo que refuerza su valor estratégico.
Un territorio pequeño, una decisión propia
Groenlandia tiene unos 57.000 habitantes, en su mayoría inuit, y es el territorio menos densamente poblado del mundo. Desde 1979 cuenta con autogobierno amplio y desde 2009 tiene derecho legal a declarar su independencia de Dinamarca mediante un referéndum. Defensa y política exterior siguen en manos danesas, pero la identidad política groenlandesa se fortaleció en los últimos años.
Las encuestas muestran una paradoja clara. Una amplia mayoría de la población apoya la independencia de Dinamarca a largo plazo. Pero un rechazo abrumador, de alrededor del 85%, se opone a convertirse en parte de Estados Unidos. Solo una minoría marginal vería con buenos ojos esa opción.
El actual primer ministro groenlandés, Jens-Frederik Nielsen, fue contundente tras el anuncio del enviado estadounidense: Groenlandia decide su propio futuro y su integridad territorial debe ser respetada. El mensaje se repite en la sociedad local, donde la presión externa es vista como una amenaza más que como una oportunidad.
Dinamarca, entre el aliado y la línea roja

Para Dinamarca, la situación es especialmente incómoda. Es un aliado histórico de Estados Unidos y miembro fundador de la OTAN, pero también es el soberano formal de Groenlandia. El canciller Lars Løkke Rasmussen calificó el nombramiento del enviado como “profundamente perturbador” y afirmó que no se pueden aceptar acciones que socaven la integridad territorial del reino.
Copenhague intentó en el último año mejorar su relación con Groenlandia, invertir más en defensa ártica y responder a críticas estadounidenses sobre una supuesta falta de compromiso. La Unión Europea cerró filas con Dinamarca. La presidenta de la Comisión Europea, Ursula von der Leyen, expresó su plena solidaridad con el pueblo groenlandés y subrayó que la soberanía y las fronteras del reino danés son inviolables.
En paralelo, el gobierno estadounidense suspendió arrendamientos para varios proyectos eólicos marinos frente a la costa este, incluidos desarrollos de la empresa danesa Orsted. Aunque no hubo una conexión oficial, la decisión fue interpretada en Europa como una señal de presión política.
También se suman visitas de alto nivel. El vicepresidente JD Vance recorrió la base militar en marzo y llamó públicamente a los groenlandeses a “cerrar un trato” con Estados Unidos. El hijo del presidente, Donald Trump Jr., visitó la isla en enero, semanas antes de la asunción presidencial, en un viaje simbólico que no pasó inadvertido.
Una obsesión con historia

La idea de que Estados Unidos controle Groenlandia no nació con Trump. Tiene más de un siglo de historia y aparece de forma recurrente cada vez que Washington redefine sus prioridades estratégicas.
En 1867, el mismo año en que Estados Unidos compró Alaska a Rusia, el entonces secretario de Estado William H. Seward exploró la posibilidad de adquirir Groenlandia y también Islandia. Las negociaciones nunca prosperaron, pero dejaron claro que Washington veía a la isla como una extensión natural de su expansión hacia el norte.
Durante la Segunda Guerra Mundial, el interés se volvió concreto. Tras la ocupación nazi de Dinamarca en 1940, Estados Unidos invadió Groenlandia para evitar que Alemania tomara control del territorio. Allí estableció bases militares y estaciones de radio que se volvieron esenciales para la defensa del Atlántico Norte.
Finalizada la guerra, Washington no se retiró. En 1946, el gobierno estadounidense ofreció 100 millones de dólares a Dinamarca para comprar Groenlandia, argumentando que era vital para la seguridad nacional en el inicio de la Guerra Fría. Dinamarca rechazó la propuesta, pero firmó en 1951 un acuerdo de defensa que otorgó a Estados Unidos amplias libertades militares en la isla.
Desde entonces, Groenlandia fue una pieza silenciosa pero clave del sistema defensivo estadounidense, especialmente frente a la Unión Soviética. Lo que distingue a Trump de sus antecesores no es el interés en sí, sino la forma abierta y confrontativa de expresarlo, y su disposición a ir más allá de los acuerdos existentes.
Expertos en derecho internacional señalan que la idea de “comprar” o “anexar” Groenlandia revela una incomprensión, o un desprecio deliberado, por el principio de autodeterminación de los pueblos, que establece que el destino político de un territorio debe ser decidido por su población.




