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¿Sabías a qué matanza se llamó “La Noche de los Cuchillos Largos”?

La Noche de los Cuchillos Largos, también llamada Operación Colibrí, fue una purga que tuvo lugar en la Alemania nazi entre el 30 de junio y el 2 de julio de 1934, cuando el régimen nazi llevó a cabo una serie de asesinatos políticos en importantes ciudades de Alemania, como Berlín y Múnich

Cuando, el 29 de enero de 1933, Adolf Hitler recibía la noticia de que a la mañana siguiente sería nombrado canciller, aún se hallaba muy lejos de su aspiración de ostentar el poder absoluto. En su gabinete solo había dos ministros nazis de un total de once: Wilhelm Frick en Interior y Hermann Göring sin cartera. Los otros nueve provenían de distintas formaciones conservadoras, y Franz von Papen, su vicecanciller, tenía la misión, de acuerdo con el presidente, de marcarle de cerca. No obstante, el nombramiento le permitiría utilizar a su favor los mecanismos que el Estado le brindaba.

Antes, sin embargo, debía alcanzar una mayoría parlamentaria que tampoco poseía. Para ello, hizo un llamamiento al pueblo por radio en el que se presentaba como el líder de un movimiento nacionalista y regenerador. Asimismo, convocaba elecciones generales para marzo, y garantizaba al Ejército que no tendría que involucrarse en enfrentamientos internos. El traumático incendio del Reichstag , el Parlamento, en teoría por Marinus van der Lubbe, un antiguo comunista holandés por entonces anarquista, vino a dar más fuerza a sus motivaciones anticomunistas. Aquella misma noche comenzaron las detenciones de líderes izquierdistas.

Aprovechando el estado de cosas, Hitler presentó a la firma del presidente Hindenburg el decreto para la Defensa del Pueblo y del Estado. Era un instrumento jurídico que suspendía las garantías constitucionales y legitimaba toda clase de medidas coercitivas. A ellas se aplicaron con gusto los nuevos auxiliares de policía, provenientes en su mayor parte de las SA (Secciones de Asalto) y las SS. En este ambiente tuvieron lugar las elecciones generales. En las mismas, el Partido Nacionalsocialista (NSDAP) resultó vencedor con 238 escaños. Pero no logró la tan ansiada mayoría absoluta.

Hitler se presentó como el respetuoso garante de la tradición prusiana.

Para gobernar con poder absoluto, necesitaba un cambio constitucional que requería el apoyo de dos tercios de la Cámara. Así pues, procuró revestirse de una respetabilidad que tranquilizara tanto a sus aliados políticos como a las fuerzas vivas de la nación. La escenificación tuvo lugar en la sesión inaugural de la legislatura. Modesto y comedido, Hitler cedió, al menos aparentemente, todo el protagonismo al presidente Hindenburg, y se presentó a sí mismo como respetuoso garante de la tradición prusiana. Lo que nadie vio, o quiso ver, es que muchos de los diputados comunistas o socialistas que acudían a participar en la sesión eran detenidos por miembros de las SS o las SA.

El Reichstag aprobó, con 441 votos a favor y 94 en contra (pertenecientes a los diputados del SPD que habían logrado asistir a la cámara), la ley de Plenos Poderes. Esta retiraba la facultad legislativa al Parlamento y sería prorrogada cada cuatro años. Los diputados comunistas no habían podido votar: se hallaban detenidos o exiliados. Hitler puso en marcha de inmediato un amplio conjunto de medidas legales tendentes a anular a la oposición y controlar el país. Hasta que, con la ley de Garantías de la Unidad del Partido y del Estado, el NSDAP se convertía en una organización de derecho público con su propia ordenación jurídica. Fue justamente entonces cuando del propio partido (más concretamente, de las filas de los casi tres millones de integrantes de las SA, las milicias del NSDAP) comenzaron a surgir voces pidiendo una “segunda revolución”.

Los integrantes de las SA exigían una auténtica, aunque imprecisa, revolución social. Es más, Ernst Röhm, su jefe, homosexual confeso y el único miembro del entorno de Hitler que se atrevía a tutearle, propugnaba la fusión de sus milicias pardas con el Ejército regular a fin de crear unas Fuerzas Armadas verdaderamente nacionales, bajo su mando. Röhm aprovechaba cualquier ocasión para manifestar sus intenciones, confiado en la antigua amistad que él y el Führer se profesaban. Incluso, en sus círculos más íntimos, vertía opiniones como la siguiente: “Si él [Hitler] cree que puede estrujarme para sus propios fines eternamente y algún día echarme a la basura, se equivoca. Las SA pueden ser también un instrumento para controlar al propio Hitler”.

La traición de Himmler

El canciller no parecía darse cuenta del alcance de estas manifestaciones, o al menos no lo expresaba así. Pero otros comenzaron a preocuparse seriamente. En el seno del partido se alzaron voces contra Röhm y su entorno más cercano. La enemistad que Hermann Göring sentía por él era de sobra conocida. Pero de quien nadie podía sospechar razón alguna contra Röhm era de Heinrich Himmler. Su teórico superior le había distinguido siempre con su amistad, y Himmler aprovechaba la menor ocasión para manifestarle públicamente su fidelidad. Sin embargo, ahora se le presentaba la oportunidad no solo de independizarse, sino de alcanzar una importante cuota de poder que no debía echar a perder.

Himmler ordenó a Reinhard Heydrich, jefe de la SD, el servicio de información del partido, que recopilara cuantos datos pudiese obtener sobre Röhm y los suyos. Pronto, noticias de escasa trascendencia se convirtieron en pruebas fehacientes de un complot de las SA. Y esas evidencias eran filtradas al ministro de Defensa, Werner von Blomberg.

Ante el empeoramiento de la salud del octogenario Hindenburg, Hitler aprovechó unas maniobras navales para reunirse con Blomberg y los jefes del Ejército, el general Werner F. von Fritsch, y la Armada, el almirante Erich Raeder. En el encuentro se propuso a Hitler como sucesor del presidente a cambio de asegurar el futuro papel de las Fuerzas Armadas y limitar el rol de las SA. Nueve días después, Heinrich Himmler accedía a la jefatura de la Gestapo. El pacto anti-­Röhm se había cerrado.

Von Papen era agasajado en todas partes con importantes muestras de afecto.

A pesar de todo, Hitler no tomaba decisión alguna para descabezar las levantiscas Secciones de Asalto. Pero la gota que colmó el vaso fue el discurso del aún vicecanciller Franz von Papen en la Universidad de Marburgo. En una inusual muestra de coraje político impropio de su personalidad, Von Papen pidió decencia, la vuelta de algunas libertades y el fin de la aún no comenzada “Segunda Revolución” de una forma bien explícita: “Acaso hemos llevado a cabo una revolución antimarxista para poner en marcha una revolución marxista”. Las ovaciones resonaron atronadoramente en el paraninfo y, a pesar de los esfuerzos del ministro de Propaganda Joseph Goebbels para evitar su difusión, el texto del discurso se extendió por Alemania, mientras Von Papen era agasajado en todas partes con importantes muestras de afecto.

El final de las SA

Hitler estaba furioso, y, ante el temor a una intervención presidencial, decidió ir a ver a Hindenburg a su residencia de Neudeck. En contra de lo habitual, el canciller fue recibido con frialdad por Blomberg. Este le advirtió, de parte del presidente, que se declararía el estado de sitio y el Ejército impondría el orden en el país si no acababa con las SA. Hitler, que veía cercana la muerte de Hindenburg y temía que en su testamento abogara por la reinstauración de la monarquía, accedió, pues necesitaba del apoyo del Ejército para la consecución de sus planes. A finales del mes de junio, la Liga de Oficiales alemanes expulsaba al capitán Röhm de sus filas para no mancharse las manos con uno de los suyos, mientras cancelaba permisos y acuartelaba a las tropas.

Ya nadie podía parar lo que la historia llamaría la Noche de los Cuchillos Largos. La conspiración se puso en marca. La noche del 30 de junio de 1934 se iban a precipitar una serie de acontecimientos que modificarían la estructura de poder del nacionalsocialismo y terminarían con las SA. Así se sucedieron cronológicamente los hechos:

10.00 h. Goebbels llama a Göring a Berlín y le da la contraseña “Colibrí”. El plan berlinés se pone en marcha. Las SS y la Gestapo salen en busca de quienes figuran en las listas entregadas. Mientras, miembros de los SA de Múnich son llevados por las SS a la prisión de Stadelheim, donde algunos serían fusilados. En los cuarteles berlineses de Lichterfelde iba ocurriría algo similar.

01.00 h. Heinrich Himmler y Hermann Göring informan a Hitler de una intentona de rebelión de las SA en Berlín y Múnich. No era cierto.

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El jefe de las SS, Heinrich Himmler (izqda.), ejecuta el saludo nazi durante un acto militar.

02.00 h. Hitler, junto con Joseph Goebbels, Otto Dietrich (jefe de prensa) y Viktor Lutze, embarca en el aeropuerto de Hangelar, cerca de Bonn, con destino a Múnich.

04.00 h. Todos aterrizan en el aeródromo muniqués de Oberwiesenfield y se dirigen a la oficina del gauleiter (líder de zona) de Baviera, donde Schneidhuber y Schmidt, jefes de las SA en la región, preparaban la reunión con Röhm. Hitler les arranca las insignias. Schmidt hace un gesto brusco y es acribillado. La comitiva viaja a Bad Wiessee, donde duermen Röhm y los suyos.

HorizontalEn el interior de este edificio, en Bad Wiesse (Alemania), fue ejecutado Ernst Röhm.
06.30 h. Hitler y sus acompañantes llegan a la puerta de la pensión Hanselbauer de Bad Wiessee. Algunos jefes de las SA, como el conde Von Spreti, son atados y hechos prisioneros; otros son muertos en su misma cama y sus cuerpos arrastrados a la calle. Ernst Röhm es detenido. Durante el camino de vuelta, Hitler y los suyos se cruzan con los vehículos de otros jefes de las SA que se dirigen a una reunión que ya no se celebrará. Sus coches son interceptados por las SS y allí mismo se lleva a cabo la selección de los que morirán y de los que vivirán.

Cuando el propio Hitler se dio cuenta de que era el único que abogaba por la suerte de Ernst Röhm, accedió a abandonar a su amigo. Este sería asesinado en su celda al día siguiente por dos hombres de las SS, tras rehusar darse muerte con la pistola que le habían dejado. Fue la señal para detener las ejecuciones.

Tomada de La Vanguardia.es

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