Opinión
La cruz y el poder: por qué el cristianismo redefinió la autoridad/ Pablo Ulloa
No se trata, entonces, de un episodio del pasado, sino de un criterio permanente. Allí donde el poder pierde su vínculo con la verdad, degenera
Pablo Ulloa
En el siglo I, la crucifixión no era un símbolo religioso ni un elemento espiritual. Era un instrumento de ejecución política del Imperio Romano, reservado para esclavos rebeldes, insurgentes y todo aquel considerado una amenaza al orden. Se practicaba en espacios visibles —a la orilla de los caminos, en las entradas de las ciudades— para que nadie olvidara el mensaje: el poder no solo castiga, también exhibe. En ese contexto histórico, concreto y brutal, muere Jesús de Nazaret. Y es precisamente ese dato —incómodo, verificable, imposible de romantizar— el que convierte al cristianismo en algo más que una tradición religiosa.
Los primeros cristianos no ocultaron ese hecho. No lo suavizaron ni lo redujeron a símbolo. Lo colocaron en el centro de su mensaje. ¿Por qué preservar como núcleo fundacional la ejecución pública de su líder bajo el poder imperial? La respuesta está en la forma en que Jesús definió su misión: “Mi reino no es de este mundo” (Evangelio de Juan 18:36). Esta afirmación, recogida por San Juan cuando la comunidad cristiana ya enfrentaba persecuciones, no evade la realidad política: la redefine desde su raíz.
Porque el poder, en la lógica romana, se medía en control, coerción y capacidad de imponer orden. Era visible, temido y eficaz. El poder, en la lógica de Cristo, se manifiesta de otra forma: en la verdad que se sostiene, en el servicio que se ejerce y en la entrega que no se negocia. Esta inversión no fue un matiz teológico; fue una ruptura histórica. Benedicto XVI lo expresó con precisión: el cristianismo introduce una autoridad fundada en el amor que se dona y no en la fuerza que se impone (Deus Caritas Est, 2005). La cruz, por tanto, no elimina el poder: lo redefine desde la verdad.
A lo largo de la historia, esta tensión no ha desaparecido; solo ha cambiado de forma. Se expresa en sistemas, en decisiones, en estructuras y en liderazgos. Por eso la pregunta sigue siendo actual: ¿qué tipo de poder reconocemos como legítimo? ¿El que se sostiene en la imposición o el que se justifica en la verdad? La Semana Santa, más que un calendario litúrgico, es una pedagogía de esa pregunta. Obliga a mirar de frente el contraste entre dos formas de autoridad que aún hoy disputan el sentido de lo público.
No se trata, entonces, de un episodio del pasado, sino de un criterio permanente. Allí donde el poder pierde su vínculo con la verdad, degenera. Allí donde se separa de la dignidad humana, se deslegitima. Allí donde se ejerce sin vocación de servicio, se vacía. La cruz —leída desde su contexto histórico y su significado— no es solo el relato de una muerte injusta; es la revelación de un principio que sigue operando en la historia.
Porque, al final, la pregunta no es qué ocurrió en el siglo I. La pregunta es qué tipo de autoridad estamos construyendo hoy. Y la respuesta —ayer y ahora— no está en la fuerza que se impone, sino en la verdad que sostiene, en la dignidad que reconoce y en el servicio que construye bien común.
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El autor ed Defensor del Pueblo




