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Cuatro hombres sin rostro enterraron a Franco en 1975

El jefe de los cementerios de Madrid recuerda la inhumación del dictador, en la que lideró una cuadrilla con los mejores sepultureros de España

JUAN DIEGO QUESADA
Madrid 23 OCT 2019 – 21:13 CEST.-Cuatro hombres vestidos de uniforme azul eléctrico rodeaban desde hacía horas la boca de la sepultura. Llevaban el pelo engominado hacia atrás y gafas de pasta en forma de concha. En la chaqueta lucían hombreras. Hacía dos días que un superior les informó de que serían los encargados de enterrar el cadáver del general Francisco Franco. Era el 23 de noviembre de 1975.

Los cuatro enterradores medían lo mismo para equilibrar el féretro en caso de que tuvieran que cargarlo a los hombros, y quien los había seleccionado se aseguró de que su musculatura y fuerza mental garantizaran que no les temblaría el pulso. Llegaban a este momento crítico de sus vidas sin una mancha en el expediente. Eran los mejores entre los mejores de su oficio. Sin embargo, la espera del féretro que tenían que depositar en el hoyo junto a sus pies les inquietaba:

—Están tardando mucho…—, dijo uno de los cuatro.

—Tengamos paciencia—, le cortó Gabino Abánades, el joven encargado de los cementerios de Madrid.

Un coche oficial los había recogido unas horas antes en las oficinas del cementerio de La Almudena. La cuadrilla la formaban Abánades, al mando, y los cuatro oficiales de inhumación. El lugar donde iba a ser enterrado el cuerpo del dictador fue un misterio hasta el día anterior. Cuando el vehículo negro enfiló la autovía del noroeste, los pasajeros dedujeron que se dirigían al Valle de los Caídos.

Entierro de Franco en 1970
El encargado del entierro de Franco, Gabino Abánades, el 18 de octubre. ÁLVARO GARCÍA
Al llegar, los responsables de protocolo de El Pardo les indicaron el lugar exacto donde iban a sepultar al dictador: a los pies del altar mayor de la basílica. Mientras llegaba la comitiva oficial ensayaron lo que tardarían transportando el féretro en hombros desde las escalinatas, donde lo recogerían de un carro de transporte de munición de artillería, hasta el foso.
Abánades les previó de que el peso rondaría los 140 kilos. Comprobaron que a paso lento, en marcha fúnebre, se demoraban entre siete y diez minutos en cubrir el recorrido. Ensayaron tres veces con un ataúd imaginario a los hombros. «Que quede estético», le habían pedido las autoridades por teléfono a Abánades, que cuenta ahora los detalles del entierro 40 años después.

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Franco había muerto tres días antes. El teniente de infantería Blas Piñar, hijo del icónico ultraderechista español del mismo nombre, escuchó la noticia por la radio mientras desarrollaba maniobras militares en Barcelona. De inmediato, le pidió permiso a su capitán para viajar a Madrid. Fue directo al Palacio Real, donde se exhibía el cadáver. Iba solo. Blas Piñar —ahora un general en la reserva de 71 años— recuerda que ese día hacía frío. Asegura que guardó cola durante 33 horas. La gente se organizó para distribuir bocadillos y bebidas entre los asistentes. Llegado el momento de ver por última vez al hombre que firmó su título militar, lo guarda como oro en paño, no alzó el brazo derecho sino que, en silencio, rezó un avemaría y un padrenuestro.
Se santiguó ante el féretro:

—Y lo reconocí, claro. Solo se le veía la cara pero sus facciones, más redondeadas que alargadas, eran perfectamente reconocibles. Vestía de uniforme.

El ataúd, envuelto en una bandera de España, fue transportado después hasta el Valle de los Caídos por un armón militar, como el que exhibió el féretro de Fidel Castro por Cuba muchos años después. Los cuatro enterradores y el encargado del cementerio habían ensayado toda la mañana, pero a la hora de la verdad fueron los militares los que se ocuparon de cargar la caja hasta la fosa. Ellos esperaron alrededor del rectángulo abierto en mitad de la basílica.

Cuando por fin vieron llegar la caja de madera de caoba, con un gran Cristo sobre la tapa, supieron que su momento había llegado. Abánades dijo que el instante fue sobrio. Recuerda no escuchar ni el vuelo de una mosca en toda la bóveda. Reconoció al presidente Arias Navarro, al cuñado de Franco, el marqués de Villaverde; a la esposa, Carmen Polo; pero no posó su mirada en exceso sobre ellos. Si algo había aprendido en este oficio era a respetar el dolor y la intimidad de las familias.

Los enterradores se situaron dos a cada lado. Con las cuerdas suspendieron en el aire el ataúd y comenzaron a descenderlo en horizontal, poco a poco. El brazo debía estar firme, la mano sujeta con fuerza a la soga. El equilibrio de la ejecución resultó perfecto. El ataúd se posó en el fondo con delicadeza. «Fue un trabajo limpio. En ningún momento se bamboleó la caja», recuerda Abánades. Una vez depositado en el fondo y retiradas las cuerdas, le tocó el turno a los canteros, que sellaron la sepultura con una losa que no planeaba moverse en siglos. Ahí se supone que el dictador iba a descansar para siempre.

El nombre de aquellos cuatro cincuentones escogidos para enterrar a un jefe de Estado permanece en el anonimato. Ninguno contó su historia. Quizá porque a nadie le interesó demasiado. En la retransmisión que hizo TVE se les ve ejecutar la faena rodeados de gente. Sin embargo, es una imagen breve, borrosa. Los escogieron a ellos porque eran los mejores: sumaban más de 20.000 entierros entre todos. Sin fallo. Se sabe que dos de ellos murieron al rondar el siglo de vida. Los otros dos todavía siguen vivos. El encargado de la cuadrilla no desvela sus nombres. Se llevará consigo el secreto. Cuatro hombres sin rostro enterraron a Franco.

A diferencia del enterrador de John F. Kennedy, cuya historia escrita por el reportero Jimmy Breslin se tituló Cavar la tumba de JFK fue un honor, para el encargado de cementerios y los cuatro enterradores no hubo nada trascendente en su acto. El dictador había muerto en la cama. Era un anciano al que la naturaleza había venido a recoger. No sintieron repulsa por quien se trataba. Tampoco orgullo. «Sencillamente, cumplimos con nuestro deber», dice Abánades.

Él siguió en el oficio durante las siguientes cuatro décadas. Ahora es un jubilado de 73 años que camina varias horas al día. Aquella no fue la última vez que trató con la familia del dictador. Se cruzó de nuevo con los Franco a la muerte de Carmen Polo, aunque ya en democracia. La atmósfera era otra, España era otra. Preparó el entierro de la mujer del caudillo con igual profesionalidad, esta vez en el cementerio de Mingorrubio.

Días después, fue a casa de su hija, Carmen Franco, en la madrileña calle de los Hermanos Bécquer, a entregarle el título de derecho funerario donde dice que la esposa del dictador tenía derecho a permanecer allí durante 99 años. El empleado de la funeraria se sentó en el salón. La charla duró apenas unos minutos. Pero Abánades tiene grabada una frase de Carmen:

—¡Qué pena que mi padre no estuviera enterrado aquí con mi madre!

44 años después, el deseo se ha concedido. Esta vez, otras caras, otras manos, serán las encargadas de sepultar a Franco. Los enterradores de 1975, después de acabar el trabajo, fueron trasladados de nuevo en coche oficial hasta las oficinas del cementerio. Un mundo acababa, otro nuevo comenzaba, pero ellos no se inmutaron. Se sentaron a esperar el siguiente encargo.

elpais.es

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